viernes, 5 de mayo de 2017

Lupa (tercera parte)




¡Hola, amigos!

Ya os traigo la tercera parte de Lupa. Creí que me daría tiempo a terminar el relato entero, pero no. Así que os traigo lo que he terminado de escribir ahora mismo. ¡Espero que os guste!

Ah, y si os apetece refrescar la memoria, os dejo el enlace a la primera parte del relato y a la segunda parte. ¡Que disfrutéis de la lectura!



LUPA


Tercera parte

Noemí Hernández Muñoz



La Loba realizó su baile habitual en la barra. Su cuerpo, brillante de aceite perfumado, se movía al compás de la música, giraba y se contoneaba con una elegancia seductora que ninguna otra de las chicas sabía imitar.

Princesa la observó embelesada, al igual que los hombres, que habían callado súbitamente sólo para estudiar su danza con la mirada. Y, mientras bailaba, la Loba paseaba la mirada por todos y cada uno de ellos. Sus ojos negros parecían abarcar toda la sala, hipnotizándolos con un hechizo invisible. Durante un instante, esa mirada se detuvo en los ojos de Princesa, que se estremeció de la cabeza a los pies. Fue sólo un instante, pero a la joven le dio la sensación de que, si ese contacto visual hubiera durado unos segundos más, habría descubierto su secreto.

La canción fue llegando a su fin y la Loba ralentizó sus movimientos y se apoyó contra la barra con el cabello revuelto sobre un hombro. Cuando la pieza lanzó el último acorde, su mirada se detuvo en uno de los hombres. Princesa lo conocía. Lo había atendido varias veces. Era uno de los clientes más habituales. Sus gustos eran peculiares. No sólo requería siempre los servicios de las chicas más jóvenes, sino que también les exigía ciertas características de vestuario y actitud. Al igual las demás chicas, Princesa lo odiaba y lo evitaba siempre que podía. No sólo por su aspecto de viejo baboso y barrigudo, pues a eso estaba todo lo acostumbrada que se podía estar, sino por su sadismo. Las veces que lo había atendido había acabado marcada. Una vez, le había arrancado varios mehones de pelo y en otra ocasión le había golpeado en las nalgas con tanta fuerza que había acabado llena de cardenales. Pero, sin duda, lo más humillante fue cuando se orinó sobre ella y la abofeteó cuando intentó apartarse.

Le habría gustado advertirle a la Loba que aquella no era muy buena opción como cliente. Era cierto que dejaba mucho dinero en pago por una noche, más que ningún otro, pero no merecía la pena perder la poca dignidad que les quedaba por eso. «Al Baboso sólo le gustan las más jóvenes», pensó Princesa. «La Loba es bastante mayor que yo. No la elegirá».

El final de la música la arrancó de sus pensamientos porque se escucho lo que nunca había en ese local: el silencio. El parloteo habitual de los clientes y el ruido de los cubitos de hielo al caer sobre las copas había terminado de repente y se respiraba una magia que sólo la Loba era capaz de crear.

Princesa se preparó mentalmente para el ritual que ya había visto otras veces. Los clientes fueron saliendo poco a poco de su embeleso y apuraron un trago, sin apartar la mirada de la Loba, que seguía en el escenario, apoyada todavía sobre la barra, con el pecho subiéndole y bajándole de manera casi imperceptible con cada respiración y la piel brillante bajo los focos.

Conteniendo el aliento, Princesa se preparó para comprobar si se cumplía la siguiente ceremonia. Cada vez que el bar se recuperaba de su baile, el cliente al que la Loba había mirado en último lugar se levantaba y se dirigía hacia ella para solicitarle una noche. No creía que lo fuera a conseguir esta vez. Al Baboso sólo le gustaban las jovencitas, sobre todo, si tenían cara de niña. El rostro de la Loba era demasiado decidido, demasiado maduro como para que le pudiera atraer.

Para su sorpresa, el Baboso se levantó tambaleante y avanzó hasta el escenario a pasos torpes. Princesa, entre bastidores, aguzó el oído para oír lo que pudiera decirle, pero el Baboso no habló, se limitó a contemplar a la Loba como si estuviera en éxtasis y a depositar un billete de quinientos euros a sus pies.

Aunque la Loba le daba la espalda, Princesa casi pudo intuir que esbozaba esa leve sonrisa de nuevo, la misma sonrisa que le había dedicado a ella en el camerino. Entonces, recordó lo que le había dicho: «Son ellos los que deberían estar nerviosos».

Vio cómo la Loba susurraba algo en el oído del Baboso, que asintió, con las orejas enrojecidas. La joven se preguntó qué podría haber hecho sonrojar a ese cerdo como si fuera un adolescente salido. No tuvo tiempo de darle más vueltas. Tenía que prepararse para la siguiente fase, aquella en la que la Loba se llevaba al cliente fuera del club y todos perdían la pista de lo que sucedía con ellos. 

Nerviosa, comprobó que aún conservaba las llaves del coche del jefe en el bolsillo de la chaqueta. Se las había birlado sin que se diera cuenta una hora antes precisamente para resolver el enigma.

Mientras apretaba las llaves dentro del bolsillo, la Loba pasó junto a ella en dirección a los camerinos, dejando de nuevo ese olor salvaje tras de sí. Al pasar, la miró de nuevo a los ojos y esbozó esa sonrisa tan extraña que llenaba su mirada de un misterio amenazador. Princesa agachó la cabeza, incapaz de sostenerla.

Al poco, la Loba salió de los camerinos con su traje de batalla, compuesto por una blusa corta y escotada, unas minifaldas, medias de red y una chaqueta de cuero. Se reunió con el Baboso en la entrada del bar, lo tomó del brazo y salieron juntos. Al cerrar la puerta, la Loba le dedicó una última mirada.

Princesa se estremeció. ¿Aquello era una invitación o una advertencia? Sin pensarlo dos veces, la joven se dirigió hacia la salida tras ellos. «¡Esta noche lo descubriré!», se prometió. Abrió la puerta de un tirón, pero, antes de salir, no pudo evitar mirar atrás. Su mirada se perdió en aquel ambiente lúgubre de luces destellantes donde los hombres eran los amos y las mujeres las esclavas. Aquello era todo cuanto conocía desde que tenía dieciséis años. Se preguntó si hacía lo correcto al seguir a la Loba. Intuía que una vez que lo hiciera, no habría vuelta atrás. Tenía miedo, pero estaba segura de que no podría pasarle nada peor que eso.

Sin perder un instante más, Princesa cerró la puerta del club y salió tras la pista de aquella mujer, ocultándose tras los coches para evitar que la vieran.




Espero que os haya gustado y tengáis ganas de saber cómo termina la noche de Princesa y de Loba. Ya sabéis que, si queréis seguir este blog, podéis hacerlo pulsando el botón de seguidores (ya sea el del propio blog o el de Google +), situados arriba, a la derecha.

Eso es todo por hoy, amigos. El viernes de la semana que viene os daré la continuación.


4 comentarios:

  1. ¡Esta parte si que me ha enganchado más! A ver si al final la Loba les va a estar haciendo más bien que mal al resto de las chicas...
    un besote guapa!

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    1. ¡Me alegro de que te vaya gustando más! Creo que la primera y la segunda parte debería haberlas puesto juntas, ya que, más bien, forman la parte introductoria del relato. Pero, claro, estaba que me pillaba el toro y me daba tiempo a más.
      EL personaje de la Loba me gusta bastante. ¡Espero que el relato me salga tan bien como lo tengo en la cabeza. Si no, meteré la pata, ja, ja, ja.
      ¡Un abrazote!

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  2. Coincido con Ana, una parte fantástica, de hecho me he metido tanto en la historia que cuando he llegado a tu despedida he tenido la sensación de como cuando alguien te toca el hombro en el metro mientras estás leyendo. Muy bien narrado, Noemí. Muy visual. Un abrazo!

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    1. ¡Vaya! Me alegro de que te haya gustado, pero me apena haberte cortado el rollo, ja, ja, ja. Para mañana espero colgar el desenlace, a menos que me pase como con el relato de Montserrat, que no había manera humana de terminarlo, ja, ja, ja.
      ¡Un abrazote!

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