viernes, 4 de noviembre de 2016

El poder del medallón: Capítulo 5

¡Hola a todos!

Esta ha sido una semana agobiante para mí. Supongo que lo habréis notado en que no he subido todavía ningún vídeo. El agobio se debe a que he estado ultimando los detalles para publicar El poder del medallón y, al fin, me complace decir que ¡ya la he publicado!

La maquetación y el diseño de portada ha sido todo un quebradero de cabeza. ¿Qué os voy a contar a vosotros, que habéis tenido que aguantarme? Pero ya está casi todo listo. La novela está disponible en formato Kindle y (si la buena suerte me acompaña) hoy lo colgaré en papel. ¡Crucemos los dedos!

En cuanto averigüe cómo se hacen las ofertas para mantenerlo cinco días de forma gratuita os lo haré saber mediante el blog.

De momento, os paso el quinto capítulo (el último que pasaré mediante el blog), junto con su portada definitiva. ¡Mil gracias a Ana Traves por todo su apoyo y su ayuda!




El poder del medallón
Noemí Hernández Muñoz
Laura Mendoza Hernández

Capítulo 5
Kumeor

            Otis miraba fijamente la bola de cristal. En ella aparecía Neridah, acompañada por Jairo, el mensajero y una chica que Otis no conocía. Su cuervo había hecho un buen trabajo. Ya sabía hacia dónde se dirigían.


            Era él quien estaba envenenando en secreto a los reyes de Vaneval y Silvest. Cuando los reyes murieran, el tratado de paz entre los dos reinos se anularía. Tras eso, Neridah heredaría la corona de Silvest. Sin embargo, el reino estaría sumido en el caos y estallaría la guerra. Entonces, según sus planes, la adorable princesita Neridah sufriría «un accidente mortal». En ese momento, Otis sería el único heredero al trono y se convertiría en rey. Incluso podría conquistar Vaneval...

            Pero Otis no había esperado que Neridah se marchara con el príncipe Jairo para averiguar la verdad por su cuenta. Aquello podría llevar al traste sus propósitos. Mientras contemplaba al grupo con su bola de cristal, se le ocurrió una idea brillante.

            —Así que Neridah quiere ir a Kumeor —dijo para sí mismo—. El bosque está lleno de seres mágicos, animales susceptibles de ser hechizados e innumerables peligros...

            Esbozó una mueca cruel a modo de sonrisa mientras miraba fijamente el orbe de cristal. Con la mueca aún en los labios, añadió:

            —Si mi querida sobrinita quiere entrar ahí, ¿quién soy yo para impedírselo? Neridah no llegará nunca a la cabaña de la bruja.

            Pensativo, Otis acarició con las uñas la bola de cristal. Con una sonrisa llena de maldad, se levantó y caminó hasta la ventana. Se asomó y gritó al aire en la antiquísima lengua de la magia. El cielo se pobló de nubes de tormenta conforme hablaba.

            —¡Venid a mí, vientos del Norte y del Sur! ¡Acudid a mí, ráfagas del Este y del Oeste!

            Otis fue alzando el tono de voz y unas extrañas  nubes  negras  se  cerraron  en  el cielo. El día se oscureció y las ráfagas de viento se agolparon en el cielo, cargando el ambiente de un olor eléctrico.

—¡Venid a mí, hijos del Mal!

            De las palabras de Otis se materializó en el aire una bandada de cuervos. Graznando y con los ojos rojos reluciendo en la oscuridad de sus plumas, los cuervos se alejaron volando en dirección al bosque de Kumeor.

            Satisfecho, Otis contempló el vuelo de las aves que, en cuestión de instantes, se perdieron en la lejanía. Cuando ya no pudo divisarlos, llamó a sus guardias. Dos de ellos se presentaron ante él, con la cabeza inclinada y casi sin despegar la mirada del suelo.

            —Decidle a Inaco que dirija una patrulla de soldados para cercar Kumeor. Allí hay unos muchachos que ponen en peligro mi corona. Dudo que salgan con vida del bosque, pero si lo hacen… ¡Matadlos!

            —Como deseéis, Rey Supremo —dijo uno.

            Inmediatamente, los guardias se inclinaron en una reverencia. Luego, se retiraron para cumplir sus órdenes con sus capas negras revoloteando y sus escudos con el emblema del Cuervo aferrados al brazo. Minutos más tarde, un grupo de guerreros salió por las puertas del castillo de Silvest. Sus caballos hechizados eran veloces y no tardarían en llevarlos hasta Kumeor.



Neridah y los compañeros detuvieron sus caballos en la linde del bosque y miraron inquietos las altas copas de los árboles. Las ramas eran tan espesas que apenas se colaba un rayo de sol entre ellas. La oscuridad y el silencio reinaban en el bosque. A su alrededor todo tenía un aspecto amenazador y ninguno se atrevía a dar el primer paso en la floresta. Después de varios minutos de contemplación temerosa, Jairo estalló ante su propia cobardía y la de los demás.

            —¿Entramos o qué? —dijo.

            El príncipe dio un toque con los talones a su caballo y lo condujo hacia el bosque mirando a los demás con desdén. Neridah agitó la cabeza avergonzada y se adentró en la primera fila de árboles con la cabeza erguida y la espalda muy recta. ¡Ningún príncipe de Vaneval podría decir que era más valiente que ella! Aarón y Earwen los siguieron temerosos, mirando a todas partes como si esperaran que en cualquier momento el peligro se abalanzara sobre ellos.

            Conforme iban avanzando, el bosque se hacía más espeso y salvaje. El olor a humedad y hojas muertas flotaba en el ambiente y los árboles eran cada vez más altos y con ramas más tupidas. Eso hacía que ver se hiciera difícil, pues la penumbra lo invadía todo. Pero tenían que soportarlo. Según las leyendas de Earwen, la bruja de Kumeor vivía en una cabaña, en lo más profundo del bosque, pasado el territorio de las hadas.

            Después de una hora de viaje, los compañeros tuvieron que reducir la marcha y tranquilizar a sus caballos, que de vez en cuando relinchaban inquietos.

            En un momento dado, Earwen, que viajaba con Aarón, le susurró:

            —Creo que ese cuervo nos está siguiendo.

            La voz de la campesina sonaba temblorosa. Aarón siguió la dirección de su mirada y vio al ave, posada sobre la rama de un árbol. Parecía que los miraba fijamente.

Cuando Aarón lo miró, el cuervo graznó con un tono discorde. Era un sonido  áspero, como una risa estridente. El mensajero frunció los labios con desagrado.

            —Es sólo un pájaro, Earwen, como dice Jairo —le dijo—. No puede hacernos daño. La oscuridad hace que las cosas parezcan más peligrosas de lo que son.

            Earwen le dio un pellizco.

            —¡Te digo que nos sigue!

            Neridah observó la expresión de la campesina, que parecía enojada y asustada al mismo tiempo. Su tono enfadado la había sacado de su ensimismamiento en el camino.

            —¿Qué pasa? —preguntó, deteniendo su caballo.

            —Earwen piensa que ese cuervo nos vigila —explicó Aarón, señalando al animal, que agitaba las alas desde lo alto de su rama.

            Junto a ellos, Jairo irguió el porte.

            —¡Ay! ¡Qué miedo! ¡Estoy temblando! —dijo en tono burlón.

            —¡Pero es verdad! —protestó Earwen—. Lo he estado observado. ¡Nos sigue a todas partes!

            Jairo miró a Earwen poniendo los ojos en blanco. Bajó de su montura y cogió una piedra del suelo. Riéndose, la lanzó hacia el cuervo.

            —¡Yo me río del peligro!

            El cuervo alzó el vuelo antes de que el pedrusco llegase a la rama y salió disparado en dirección a Jairo. El príncipe no esperaba aquella reacción por parte del ave, que se acercaba con las alas desplegadas, profiriendo graznidos.

            El muchacho se tapó la cara con las manos mientras el cuervo se lanzaba sobre él con sus afiladas garras por delante. Jairo gritó, asustado. No podía ver nada. Sólo oía a su alrededor el revoloteo de sus alas negras como la muerte.

Neridah, alarmada, desmontó a toda prisa y llegó hasta él. Consiguió espantar al cuervo a manotazos y gritos destemplados mientras Aarón y Earwen acudían a ayudarla. El cuervo se alejó volando con actitud indolente hasta una rama lejana. Desde ahí, graznó un par de veces más. A Neridah se le antojó que era una risa burlona.

            —¿Estás bien? —le preguntó a Jairo, mirándolo con preocupación.

            El príncipe se tocó una mejilla, donde el cuervo había conseguido arañarlo con sus garras. De pronto, la máscara de orgullo que había llevado durante todos aquellos días, se había caído. La mirada que le devolvió a Neridah era humilde y rebosaba desconcierto.
            —Estoy bien —murmuró con un escalofrío—. Quería sacarme los ojos...

            Se volvió hacia la campesina, que lo miraba fijamente con expresión asustada.

            —¿Os ha hecho daño, alteza?

            Jairo bajó la mirada, avergonzado por sus bravuconerías.

            —No mucho —contestó—. Perdóname, Earwen. Tendría que haberte hecho caso. No volveré a burlarme de ti.

            La campesina se sonrojó. Aceptó su dispensa y volvieron a subir a los caballos como si nada hubiera pasado. Aquello daba demasiado miedo como para comentarlo en voz alta.

Neridah abrió la marcha y los demás la siguieron. Sólo podía pensar en el ataque de aquel cuervo. Era un comportamiento muy extraño en un animal carroñero que solía huir de los ataques. A su lado, Aarón no dejaba de mirar a su alrededor con expresión insegura.

            —Ese cuervo ha actuado de una forma muy extraña y, cuando volaba hacia Jairo, me pareció que sus ojos eran rojos...

            El mensajero había pronunciado esas palabras con voz insegura, como si pensara que los demás iban a reírse de él. Pero después de aquel ataque, ninguno era capaz de hacer una broma sobre el tema.

            —A mí también me lo ha parecido —añadió Earwen, en voz baja.

            —En cualquier caso —dijo Neridah—, el cuervo ya se ha ido. Lo mejor es que sigamos avanzando.

            El grupo prosiguió su camino sin mediar más palabras. Ninguno dejaba de pensar en el cuervo. Mientras dirigían sus cabalgaduras, miraban a su alrededor con expresión alerta. Sin darse cuenta, se fueron apiñando hasta que sus monturas casi se tocaban al andar.

            Poco a poco, el ambiente del bosque se hizo opresivo. Sentían miles de ojos acechándoles. Apocados y llenos de inseguridad, los compañeros siguieron avanzando bajo los árboles. Aquella quietud sólo acentuaba su miedo.

            De pronto, un graznido quebró el silencio y unas alas sobrevolaron las cabezas de los muchachos. Earwen gritó y se abrazó a Aarón.

            Un cuervo se posó en una rama, un poco más adelante. Los miró con sus ojos rojos como sangre. Luego, no hizo nada más. Permaneció quieto como una estatua.

            —Mantened la calma —dijo Neridah con voz tensa—. Quizá no nos ataque si no lo molestamos.

            Se sorprendió al oír su propia voz. Había sonado tan temblorosa que parecía pertenecer a otra persona y dejaba a la evidencia que no creía lo que había dicho.

Los caballos siguieron andando y los compañeros procuraron no prestarle atención al ave. Estaban cada vez más nerviosos. El silencio sólo se rompía por el sonido de alas que batían el aire y algunos graznidos lastimeros. Earwen pellizcó suavemente a Aarón. Los ojos de la muchacha estaban llenos de terror y su rostro pálido como el mármol. El mensajero siguió la mirada de la chica, que señalaba los árboles. Neridah también miró.

            Había cuervos por todas partes: en las ramas de los árboles, revoloteando entre los troncos, sobrevolando sus cabezas... Cuervos y más cuervos de plumaje negro y ojos rojos. Se mantenían en estado de alerta, observándolos, esperando. «¿Esperando qué?» se preguntó Neridah.

            —Princesa... —llamó Aarón.

            —Ya nos hemos dado cuenta —respondió Neridah, en voz baja, tratando de controlar a su caballo, que relinchaba nervioso. El animal se negaba a seguir andando. Incluso él notaba la agresividad en el ambiente. «Eso es lo que esperan los cuervos», pensó Neridah. «¡Quieren  dejarnos sin monturas!».

            —Tenemos que seguir avanzando —advirtió Jairo.

            Apenas Neridah había conseguido dominar a su caballo, un cuervo se cruzó en su camino. El ave profirió un potente graznido, pasando ante la cabeza de su corcel, que relinchó y se alzó de manos. Neridah consiguió mantenerlo bajo control de forma milagrosa.

            Al primer cuervo, lo siguió un segundo y al segundo, un tercero. De repente, todos los cuervos se lanzaron al ataque con sus picos y garras por delante. El aire se llenó de sus graznidos y sus revoloteos.

            Neridah sólo veía plumas negras y ojos rojos por todas partes, llenando el bosque. En cuestión de instantes perdió el escudo con el que se cubría. Junto a ella, Jairo desenvainó su espada y la agitó en el aire, tratando de espantarlos. Neridah esgrimió la suya. Aarón daba manotazos mientras sostenía las riendas de su montura y Earwen gritaba, tratando de taparse la cara con los brazos. Sus corceles piafaban y trataban de sacudírselos de encima.

            —¡Son demasiados! —dijo Jairo.

            —¡Cabalgad! —gritó Neridah.

            Los compañeros espolearon a sus caballos, pero los cuervos eran más rápidos y seguían persiguiéndolos. Se cruzaban ante ellos y asustaban a sus cabalgaduras. Pronto se encabritaron. Relinchando, se alzaron sobre las patas traseras hasta que sus jinetes cayeron indefensos. Después, escaparon hacia la profundidad del bosque.

            A merced de su suerte, los compañeros se pusieron en pie con las armas prestas al ataque. Neridah y Jairo blandieron sus espadas ante la avalancha de aves mientras Aarón trataba de proteger a Earwen con una daga.

            Para su sorpresa, los cuervos volaron un instante sobre sus cabezas, derribándolos con el batir de sus alas, y se retiraron para perseguir a sus monturas, que galopaban hacia la espesura. Cuando se alejaron, el silencio volvió al bosque.

            Aarón se levantó con dificultad y ayudó a Earwen. La había aplastado al caerse, pero la campesina estaba tan asustada que ni siquiera se había movido. Cerca de ellos, Jairo y Neridah también se levantaban, mirando con expresión alerta el lugar por el que habían desaparecido las aves. Neridah estaba desconcertada. Aquello era cada vez más extraño.

            —¿Adónde han ido? —dijo, mirando hacia los árboles.

            —Han seguido a los caballos —contestó Jairo.

            —Será mejor que nos alejemos de aquí. Podrían volver —sugirió Aarón.

            —Ojalá encontremos pronto a la bruja —gimió Earwen.



            Mientras sus compañeros debatían el próximo paso, Neridah seguía escrutando los alrededores. Aguzó el oído. Fue entonces cuando lo oyó. Había movimientos silenciosos entre los árboles y los matorrales, como el sonido de hojas secas siendo pisadas. Algo se acercaba sigilosamente a ellos.

            De repente, un aullido se elevó por encima de cualquier otro sonido del bosque. Sonaba cercano, a sus espaldas. Los compañeros se giraron y distinguieron una sombra gris entre la oscuridad.

El lobo volvió a aullar antes de dar un nuevo paso hacia ellos. Su llamada obtuvo otros aullidos por respuesta. Desesperados, los compañeros vieron cómo se acercaba la manada. El brillo rojizo de sus ojos delataba que pronto comenzaría la cacería.


¿Qué os está pareciendo la novela? Espero que el final de este quinto capítulo os haya intrigado un poquito y queráis seguir leyendo.

Si queréis comprar la novela, podéis adquirirla desde aquí. De todas formas, repito que apenas descubra cómo promocionarla de forma gratuita lo anunciaré vía blog y también por facebook.

Y si queréis descargar los cinco primeros capítulos en pdf para leerlos con más calma y decidir si os gustan, podéis hacerlo desde aquí.

¡Un abrazo para todos!