viernes, 25 de noviembre de 2016

Caín

¡Hola a todos!

Hoy os traigo un relato breve, poco más que un microrrelato sobre un tema bíblico un tanto actualizado. ¡Que conste que no soy religiosa, pero pienso que algunas historias de la Biblia son interesantes!

Estuve a punto de presentar este relato a un certamen hace un par de años. El tema del certamen era el brandy de Jerez. Al final, no me atreví porque sentía (y aún lo siento) que al relato le falta algo. No sé si habría ganado más narrado en primera persona o si son detalles sobre la personalidad de Caín lo que me faltan, pero noto que hay un fallo. Seguro que vuestro ojo crítico lo descubre mejor que yo, así que no os cortéis a la hora de decírmelo en los comentarios.

Sin más dilación, os dejo con el relato:


CAÍN

Noemí Hernández Muñoz


            El muy gilipollas había venido. Le había advertido que no lo hiciera. No lo soportaba: Abel, el favorito de papi. Papá se lo había dejado todo a él, aunque sabía perfectamente que el negocio sólo funcionaba gracias a su trabajo. El brandy de Jerez habría perdido su buen nombre de no ser por Caín. Pero papá siempre había preferido a ese inútil.

—¡Hola hermani-hip-hippp! —lo saludó Abel en medio de un tropiezo.


Estaba tan borracho que apenas podía mantenerse en pie, ¿cómo iba a dirigir una empresa? Y mucho menos de bebidas alcohólicas... Acabaría cediéndole el puesto en cuanto la cagara.

—¿Y el nuevo brandy-hipp? —le exigió, fingiendo ser un entendido.

Caín se obligó a sonreírle a pesar de que apestaba como si fuera una destilería. Lo condujo hacia las barricas donde se fermentaban los vinos.

Abel se empeñó en catar, como siempre, y Caín suspiró exasperado.

El grifo se había roto el día anterior y habían tenido que taponarlo a toda prisa. Ahora se necesitaban unas escaleras para destapar la bota por arriba. Caín le comentó el problema, pero Abel tomó las escaleras de todas formas.

Entre tambaleo y tambaleo, subió y se inclinó sobre el borde de la barrica para servirse, pero estaba tan bebido que se cayó dentro. Había que ser imbécil.

—¡¡¡Hermani-hippp!!! —chilló Abel, tratando de mantener la cabeza en la superficie.

Caín lo miró con una sonrisa irónica. Resultaba gracioso ver cómo iba perdiendo la poca dignidad que le quedaba. ¡Ja! Ahogarse en brandy: el sueño de todo borracho.

Era extraño, pero Caín no sentía la urgencia de salvarlo. Los patéticos chapoteos de Abel se hicieron cada vez más lentos, hasta que se detuvieron por completo. Casi sin darse cuenta, Caín subió las escaleras y cerró la tapa de la barrica. Así aprendería. Él era el mayor.





Espero que os haya gustado más que a mí. He dudado antes de añadirlo en el blog. Si queréis descargarlo, podéis hacerlo desde aquí.

¡No dudéis en comentar!