domingo, 18 de febrero de 2018

Casa de fantasmas: Parte III

¡Hola, amigos!


¿Qué tal? Espero que bien. Yo un poco liada, tanto, que la semana pasada olvidé que me tocaba publicar esta entrada. ¡Os pido disculpas! Entre los estudios y esta cabecita que tengo que no para de pensar y meterse en nuevos proyectos literarios, a veces olvido las fechas en que me toca publicar.

Os dejo la tercera parte de Casa de fantasmas, al final me está saliendo un relato más largo de lo que me esperaba. En parte, porque también me he atrancado un poco con él y me cuesta terminarlo, así que la cuarta parte (que confío en que, definitivamente, sea la última) la publicaré más adelante.

Por si necesitáis refrescar la memoria, os dejo los enlaces a las partes anteriores:

Y ya, sin más preámbulos, os dejo leer tranquilos. ¡Espero que os guste!


CASA DE FANTASMAS

Tercera parte




La hora de la cena llegó y Claudia bajó triunfante por la escalera señorial para recibir a sus invitados. Levantó la cabeza orgullosa al percibir sus miradas de admiración y envidia. Les dedicó su mejor sonrisa y se puso al lado de Marcos. Una vez que despacharon los saludos y las palabras de cortesía pertinentes, entraron al gran salón. 

La cena, servida con una cubertería de plata a la altura de la gran mansión, resultó deliciosa. Los invitados comían y charlaban de forma amigable y su alegre murmullo resonaba por todo el caserón. 

Claudia al fin había olvidado a Jenny con la ayuda de las pastillas. Marcos estaba más simpático que nunca. Sus anécdotas hacían las maravillas de los comensales, que reían y degustaban los vinos más exclusivos a un ritmo trepidante. Claudia rehusó tomar la primera copa que le sirvieron, pero después no pudo evitar el deseo de participar de aquella diversión. Pronto empezaría la música y no quería que la timidez le impidiera bailar. 

El vino dejaba un sabor delicioso en el paladar y entraba muy suave. Antes de darse cuenta, Claudia había vaciado su copa y se la habían vuelto a llenar. Decidió moderarse, no fuera a ser que se le subiera a la cabeza, pero le resultaba difícil calcular cuánto había bebido porque apenas bebía unos tragos, volvían a llenársela. 

Después del postre, cuando la cena estaba en su momento más animado, algunos de sus invitados decidieron marcharse. A Claudia no le importó. Los habían invitado sólo por trabajo. Cuando les dirigió unas palabras de despedida, notó que le costaba un poco dominar su lengua, pero le pareció que ellos no notaban que el vino la había afectado. 

Volvió a la mesa con los demás y siguió bebiendo. Ya sólo quedaban sus amigos de toda la vida. Se sintió feliz, con un suave calorcillo expandiéndose por todo su cuerpo. Ordenó que pusieran música para acompañar la fiesta y contempló a Marcos reír y contar un chiste detrás de otro ante su grupo. 

Las risas llenaron el salón, cada vez más estruendosas a causa del vino. Claudia dejó de controlarse. Se lo estaba pasando bien. Aquella era su noche. Estaba más guapa que nunca y, probablemente, más borracha que nunca. Sería la estrella de la fiesta. Era su noche. 

Volvió la cabeza hacia Marcos. Seguramente, cuando sus amigos se marcharan, harían el amor. Lo miró con cariño. Su sonrisa torcida siempre le había resultado atractiva. Cuando era adolescente le gustaba porque le daba un aspecto de chico malo, ahora porque lo hacía más juvenil. 

«Es como si no hubiera pasado el tiempo», pensó Claudia. «Los años pasan pero seguimos siendo unos adolescentes, sólo que con más dinero». 

«Y compartiendo el mismo secreto», dijo una voz en su mente. 

Claudia se giró hacia todas partes. 

—¿Quién ha dicho eso? —preguntó de repente. 

Los demás la miraron con extrañeza. 

—¿Decir el qué, Claudia? —le preguntó Marcos, poniendo una mano en su rodilla de forma afectuosa. 

Claudia frunció el ceño. 

—Lo del secreto. ¿Quién lo ha dicho? 

Los demás se miraron unos a otros desde su asiento, como si no la entendieran, como si fuera tonta. 

—Nadie ha dicho nada de ningún secreto —le respondió Marcos, echando una mirada a su copa. 

Claudia enmudeció unos instantes, confusa, y dirigió tambien su mirada a su copa, ya vacía. Después, con una mirada de disculpa, añadió en tono jocoso: 

—Sí que está fuerte el vino... 

Los demás rieron su gracia y siguieron con la charla. 

Sin embargo, Claudia no olvidaba lo que había oído. Había sido demasiado real. La voz que susurrado esas palabras en su mente no era la suya. Es más, la reconocía: era Jenny. Aquella chica no iba a dejarla tranquila así como así. Quería venganza, pero Claudia sabía cómo conseguiría callarla. Con ánimo lóbrego, cogió una botella y, para sorpresa de todos, se sirvió una nueva copa y se la bebió de un trago. 

—Claudia —le dijo Marcos de forma disimulada, tratando de obviar el hecho de que los demás la miraban—, ¿estás segura de que es buena idea que sigas bebiendo? 

Ella lo miró con el ceño fruncido en un gesto hosco. 

—Estoy segura —le contestó de forma retadora. 

Marcos pareció sorprendido durante un instante por la contundencia de su respuesta. Al cabo de un instante, dijo con voz apagada: 

—Está bien. 

Claudia estuvo a punto de disculparse, pero entonces le pareció ver un brillo invasor en los ojos de Marcos y una sonrisa disimulada, una sonrisa que no era la suya, una que ya había visto antes, en algún otro sitio, en alguna otra cara. De repente, como un fogonazo, volvió a sonar aquella voz en su mente: «Bebe todo lo que quieras, puta asquerosa. Esta va a ser tu última noche». Entonces lo supo. Era la sonrisa de Jenny.



Continuará...


Espero que os haya gustado. Me ha costado bastante llegar hasta aquí por la escasez de tiempo y, como he dicho antes, porque me atranqué bastante. ¿Alguno de vosotros tiene algún truquito para superar este bloqueo? Os explico mi situación: desde que comencé este relato sabía, más o menos, cuál sería el final, pero no me sentía (y, por desgracia, sigo sintiéndome) incapaz de llevarlo a cabo. No sé muy bien si el fallo está en que no estoy empatizando lo suficiente con mis personajes, que se me ha quedado frío por estar escribiéndolo a ratos o es que todavía no es un momento adecuado para que lo escriba. Otras veces me ha pasado algo similar y, años después, he retomado el texto y lo he reescrito por completo y he quedado muy satisfecha con el resultado.

¿Qué me aconsejáis? ¿Veis bien cómo esta quedando este relato u os da la sensación de que le falta algo? Decidlo sin miedo, que ya me conocéis y sabéis que no soy de esas personas que se enfadan por recibir un consejo bienintencionado. ¿Cómo salís vosotros de este bloqueo?

De antemano, gracias por vuestra ayuda.


¡Hasta el próximo día!