viernes, 14 de octubre de 2016

El poder del medallón: capítulos 1 y 2

¡Hola a todos!

Hoy os traigo algo muy especial para mí. Se trata de los primeros capítulos de una novela juvenil de fantasía que escribí hace cuatro años con mi sobrinita Laura.

Se titula El poder del medallón. Para que os hagáis una idea del argumento, ésta es su sinopsis:

A punto de firmar el tratado de paz entre Vaneval y Silvest, los monarcas de ambos reinos caen gravemente enfermos. Entretanto, unos enigmáticos caballeros arrasan las aldeas de Silvest. La princesa Neridah, con la ayuda del príncipe de Vaneval y un mensajero, decide investigar los extraños acontecimientos.
Por casualidades del destino, una campesina les cuenta una leyenda sobre un poderoso medallón capaz de sanar a  los enfermos. Sólo hay un problema: para conseguirlo tendrán que sortear los peligros de la Gruta del Miedo. Decididos a ello, los compañeros emprenden el viaje y luchan contra los obstáculos que el misterioso Rey Supremo pone en su camino. ¿Podrán conseguirlo?

Ahora que conocéis un poco mejor la obra, aprovecho para pediros ayuda: ¿Cuál de estas portadas os gusta más?

Por supuesto, como creo que toda ayuda debe recibir su recompensa, a todos los que me aconsejéis os incluiré en los agradecimientos.

Y ahora, sin más, os dejo con las ilustraciones y los dos primeros capítulos:









EL PODER DEL MEDALLÓN
Noemí Hernández Muñoz
Laura Mendoza Hernández

Capítulo 1
El mensaje

            Neridah descargó una patada sobre la mesa con furia y tiró al suelo la carta que había estado escribiendo, junto con un montón de papeles y libros. Estaba harta de tener que comunicarse mediante notas con sus padres porque no le permitían verlos y, sobre todo, estaba harta de aquel maldito castillo. No aguantaba más.


            Se sentó ante el fuego de la chimenea y se mordió los labios con frustración mientras reflexionaba sobre los extraños acontecimientos de los últimos días. Estaba segura de que todo era una trampa. Sus padres habían gozado de una salud excelente hasta que llegaron sus malditos invitados, los reyes de Vaneval y su hijo, el engreído príncipe Jairo. Desde su llegada, sus padres se habían debilitado poco a poco hasta el punto de que ya no podían levantarse de la cama. Entretanto, el tratado de paz entre los dos reinos seguía sin firmar, pues los monarcas de Vaneval también habían contraído aquella misteriosa enfermedad.
            Neridah comenzaba a pensar que aquel tratado no era más que una treta urdida por los reyes de Vaneval para atraer la amistad de sus padres y matarlos. Seguramente, los monarcas vanevalenses estaban fingiendo los mismos síntomas que sus padres para no hacerla sospechar, pero eso no la engañaría. No en vano, Vaneval y Silvest habían estado en guerra durante cientos de años.
            Y para colmo, estaba su tío Otis metiendo las narices en todo… Neridah detestaba a ese hombre enjuto y seco. Solía deambular por el castillo, observando sus movimientos continuamente, como si ella no fuera capaz de ocuparse del reino mientras durase la convalecencia de sus padres.
            Neridah se levantó con rabia y cogió el atizador de la repisa de la chimenea. Ya estaba levantándolo por encima de su cabeza para descargar un golpe sobre los troncos cuando alguien abrió la puerta de su recámara.
            —El príncipe Jairo os espera en el salón para cenar, princesa —le dijo uno de los criados.
            Neridah levantó la cabeza sorprendida. No se había dado cuenta de que era tan tarde.
            —Iré enseguida —dijo.
            Fingiendo que todo iba bien, Neridah se alisó la falda del vestido con las manos y siguió al sirviente.


            El príncipe Jairo era el único que estaba sentado a la mesa del espléndido salón. Otis había pedido que le llevaran la cena a sus dependencias y los padres de Jairo, al igual que los suyos, estaban demasiado enfermos como para salir de la cama. «O eso dicen», se recordó Neridah.
            Empezaron a comer en silencio. Neridah apenas conocía a Jairo y en los últimos días se había visto obligada a pasar bastante tiempo con él. Jugueteando con el tenedor, pensó que tenía que decir algo, pero no se le ocurría gran cosa. Tampoco le apetecía hablar con aquel estúpido príncipe, aunque debía reconocer que se le daba muy bien fingir que no era más que un joven preocupado por la salud de sus padres. Incluso las ojeras de su rostro parecían reales. Pero la cortesía palaciega que le habían inculcado desde la infancia, la obligaba a hablar. Finalmente, le preguntó con aire distraído:
            —¿Se encuentran mejor vuestros padres?
            Jairo levantó la mirada de su plato intacto y la miró con el ceño fruncido.
            —No han mejorado desde la última vez que los vi. Gracias por interesaros por su salud —le respondió con voz tensa.
            No era de extrañar que le hablara con tanta frialdad. Desde que se habían conocido, su relación se había caracterizado por el odio mutuo. Neridah pensaba que él era un engreído estúpido y estaba segura de que Jairo pensaba que ella no era más que una princesita mimada, igual que su tío Otis.
            El silencio volvió a la sala durante unos minutos. Neridah abrió la boca para comentar algo, pero la interrumpió una llamada a la puerta. Un sirviente entró en el salón:
            —Alteza —le dijo en medio de una reverencia—, acaba de llegar un mensajero. Solicita audiencia con vuestros padres... Dice que es muy importante.
            La princesa dejó los cubiertos a un lado y se levantó con presteza.
            —Llévalo a la sala del trono. Enseguida me reuniré con él —fue cuanto dijo, con voz firme.
            Fue consciente de la mirada sorprendida de Jairo. Sabía que su voz había sonado muy firme, casi una orden seca, en contraste con su actitud distraída de unos minutos atrás, pero no le prestó atención. Se apartó de la mesa y caminó hacia la sala del trono, sin siquiera despedirse de él, preguntándose cuál era ese mensaje que no podía esperar.


            Aarón, el joven mensajero, esperaba nervioso la llegada de los reyes de Silvest en la sala del trono, observando los blasones con el símbolo del águila que colgaban de las banderolas. Traía noticias urgentes de la frontera con Vaneval. Había hecho un largo recorrido a caballo para llegar hasta el castillo. Sus ropas estaban empapadas porque la mayor parte del trayecto había llovido.
            Pero eso no le preocupaba. Lo realmente preocupante eran las noticias de las que era portador. El capitán Inaco parecía muy angustiado cuando le transmitió aquel mensaje. Aarón recordó al corpulento capitán, acariciando un colgante con un cuervo grabado mientras le encomendaba aquella misión.
            En mitad de su reflexión, las puertas se abrieron y los caballeros que había a ambos lados se cuadraron, anunciando la llegada de la princesa Neridah y el duque Otis.
            La princesa se dirigió hacia el trono y el mensajero hizo una reverencia ante ella, preguntándose por qué demonios lo recibía ella en lugar de los reyes de Silvest. Hasta donde él tenía entendido, la princesa no tenía más de catorce años, al igual que él. No le dio tiempo a pensar en nada más, porque, con gracia majestuosa, se dirigió a él.
            —Bienvenido, mensajero. ¿Cuál es ese mensaje tan urgente que traes hasta aquí y quién lo envía?
            Aarón la miró con sorpresa. Le dio la sensación de que la muchacha estaba nerviosa a pesar de que hablaba con altanería. Otis, el tío de la princesa, estaba de pie a su lado, observándolo como un ave de presa a punto de atacar. Aquello sólo aumentaba su extrañeza, pero se forzó a hablar.
            —Me ha enviado Inaco, el capitán de  la guardia de vuestro padre, alteza. Las noticias que traigo son muy urgentes y vienen de las fronteras: unos guerreros están invadiendo Silvest y varias aldeas han sido atacadas. No hemos identificado todavía a los invasores, pero creemos que vienen de Vaneval.
            Aarón vio que la princesa empalidecía nada más oír sus noticias. No era para menos. Era muy posible que estallara de nuevo la guerra entre Vaneval y Silvest, pues aún no se había firmado la paz de la que tanto se hablaba en los últimos días.


            Neridah trató de reponerse de las noticias que acababa de oír. ¿Los estaban invadiendo? ¿Los invasores procedían de Vaneval? Aquello era imposible. Los reyes de Vaneval estaban en su propio castillo, sin poder salir de la cama debido a su supuesta enfermedad. Por un momento, Neridah quiso preguntar a sus padres qué era debía hacer, pero no le permitían visitarlos por temor a que se contagiara. La enfermedad que sometía a los monarcas de ambos reinos parecía ser la misma e igual de misteriosa. Ningún médico había sido capaz de descubrir cuál era su origen.
            Neridah se resistía a pensar que sus padres podían morirse. Si aquello sucedía, ¿qué haría ella? No sabía cómo gobernar el país y tendría que recurrir a su tío Otis, que siempre la había tratado con prepotencia. Otis nunca le había gustado y ahora, desde que sus padres habían enfermado, estaba en todas partes diciéndole si tenía que hacer esto o lo otro.
            Y ahora los estaban atacando desde Vaneval y ella no sabía qué hacer. Tenía que tomar una decisión rápido, pero había en juego dos reinos que dependían de ella. Mientras reflexionaba, se topó con la mirada atenta y penetrante del mensajero y se dio cuenta de que no le había respondido aún.
            —Gracias por informarme de estas noticias —le dijo y se mordió los labios, pensativa.
            El mensajero no se marchó, dado que no lo había dispensado. Permaneció en la sala del trono con la cabeza inclinada y una rodilla clavada en el suelo.
            Otis se acercó a Neridah y le susurró unas palabras al oído.
            —Querida sobrina, sería conveniente que despidiérais al mensajero y lo mandárais de vuelta con el capitán Inaco. Ahora, lo más importante es que mandéis apresar al príncipe Jairo y a los reyes de Vaneval. No han firmado ningún tratado de paz. Seguro que su enfermedad no es más que una artimaña y están fingiendo para ganarse vuestra confianza mientras sus ejércitos nos atacan...
            Neridah, confusa y furiosa, miró a su tío. Parecía un cuervo, vestido todo de negro, con el pelo oscuro, largo hasta los hombros y esa nariz aguileña, tan pronunciada como el pico de un ave de rapiña.
            Estaba harta de que le diera órdenes. Ella era la princesa y ella era quien ordenaba lo que se debía hacer. Pero lo que le decía tenía cierto sentido y, hasta cierto punto, se acercaban a sus propias sospechas. ¿Era posible que los reyes de Vaneval pretendieran continuar la guerra y hubieran enviado a sus guerreros a arrasar las aldeas fronterizas de Silvest?
            Había algo que no encajaba. ¿Para qué fingían estar enfermos? Neridah los había visto una vez durante su convalecencia y parecían sentirse muy mal. Nadie podía fingir una enfermedad así. Sus médicos no eran capaces de curarlos, al igual que ocurría con sus padres. En cambio, todos los galenos coincidían en una cosa: los reyes de Vaneval y sus padres padecían los mismos síntomas.
            Ya no sabía qué pensar. Por un lado, no estaba convencida de que Vaneval estuviera detrás de los ataques a su reino. Por otro, persistía la duda de si los reyes estaban enfermos realmente, en cuyo caso, sería imposible que sus ejércitos estuvieran invadiendo Silvest.
            —Neridah, haz lo que te he dicho —repitió Otis—. Apresa a Jairo. Si lo sometemos a un interrogatorio, confesará el ataque.
            Neridah se resistía a obedecer. Detestaba al príncipe Jairo, pero era imposible que todo fuese tan simple y la irritaba que su tío la tratara como si fuese estúpida. Al fin, tomó una decisión.
            —Guardias, escoltad al príncipe Jairo hasta aquí —dijo con voz firme.
            Otis sonrió y asintió con aprobación.
            —Me alegra que hayáis seguido mi consejo, alteza —comentó—. Ya veréis que todo saldrá bien con mi ayuda...
            Neridah le devolvió una mirada tensa y, con toda la tranquilidad de que fue capaz, le respondió:
            —No estoy segura de que las cosas hayan pasado como decís, querido tío. He mandado llamar a Jairo para comentar con él las noticias del mensajero.
            Otis puso mala cara.
            —Pero, princesa... —comenzó a decir, contrariado.
            —Exacto —lo interrumpió Neridah—. Yo soy la princesa, así que yo decidiré. Estaré al cargo del reino hasta que mis padres se recuperen.


            Las puertas se abrieron y los guardias anunciaron la entrada del príncipe. Neridah observó su andar orgulloso. A su lado, Otis lo miraba también, con una sonrisa tensa y estática como una mueca.
            —Me habéis mandado llamar, princesa —dijo Jairo al tiempo que realizaba una fría reverencia—. ¿En qué puedo serviros?
            Neridah no contestó enseguida, ya que escuchaba los comentarios de su tío. Otis se había inclinado sobre su hombro y le susurraba consejos al oído.
            —No podéis confiar en él, sobrina. Deberíais ordenar que lo apresasen enseguida...
            Neridah se dio cuenta de que Otis no cejaría en su empeño de imponer su voluntad en aquella ocasión. Frunció el ceño y dijo en voz alta y tirante para que el príncipe pudiera oírla:
            —Querido tío, os ruego que nos dejéis a solas a Jairo y a mí con el mensajero.
            Sin darle tiempo para protestar, Neridah se volvió hacia los guardias de las puertas.
            —Acompañad a mi tío a sus aposentos —les dijo—. Ha sido un día agotador y necesita descansar.
            Neridah ignoró la mirada de reproche de Otis, que salió de la sala del trono acompañado de dos guardias. No le agradaba la forma en que había actuado, pero no le había dejado otra opción. Sabía que sólo así evitaría que interviniera en su conversación con Jairo.



Capítulo 2
Una decisión difícil

            Ahora que Otis ya no estaba, Neridah pudo hablar con libertad.
            —Jairo, quería comentar con vos unas noticias que acaban de llegar. Este mensajero dice que unos guerreros están invadiendo Silvest. Parece que vienen de vuestro reino...
            Jairo la miró alzando las cejas a causa del asombro. Su rostro enrojeció por la ira.
            —¡Eso es imposible! —protestó—. Nuestra gente sabe que vamos a firmar la paz. Nunca traicionarían a sus reyes.
            Neridah le devolvió una mirada pensativa.
            —No soy yo quien lo dice —le respondió—. Lo afirma este mensajero que acaba de llegar de las fronteras entre nuestros reinos.
            Jairo se encaró con el mensajero.
            —¡Eres un embustero! Mis soldados jamás cometerían una tontería así.
            Aarón, el mensajero, inclinó la cabeza, arrodillado todavía. Neridah recordó que por la corte corría el rumor de que los reyes de Vaneval cortaban la lengua a los portadores de malas noticias. Se fijó en que el muchacho tragaba saliva antes de responder con voz tranquila y ojos humildes.
            —Alteza, yo sólo he traído las noticias que me han dado. Fue el capitán de la guardia de Silvest quien me ordenó traerlas. Yo tampoco creo que los invasores pertenezcan a vuestro reino. Como vos decís, sería una tontería hacer eso si estáis a punto de firmar la paz.
            Tras esas palabras, el mensajero guardó silencio.
            Neridah miró meditabunda al príncipe Jairo, que le devolvió una mirada igual de pensativa. Ambos creían que el mensajero tenía razón. Reflexionaron un momento, hasta que Neridah formuló la única pregunta posible.
            —Entonces, ¿quién está invadiendo Silvest?
            El silencio volvió a apoderarse de la sala del trono mientras los tres jóvenes seguían meditando. Finalmente, el mensajero se atrevió a hablar de nuevo, con timidez.
            —Es evidente que alguien intenta romper vuestro tratado de paz. Alteza, ¿dónde están vuestros padres y los reyes de Vaneval? Deben saber estas noticias de inmediato.
            Neridah clavó la mirada en el suelo. Su rostro se había ensombrecido de pronto.
            —Nuestros padres están enfermos y no pueden salir de la cama. Es una enfermedad muy extraña. Nadie sabe qué es ni cómo curarlos —dijo Jairo por ella, con voz tensa.
            Aarón abrió mucho los ojos, totalmente sorprendido. A Neridah no le extrañó su sorpresa. Otis le había recomendado que mantuviera la mala noticia en secreto para no preocupar a su pueblo. Nadie sabía de la enfermedad de los monarcas, exceptuando a los médicos y a la familia real. El joven mensajero pareció dudar unos instantes antes de dirigirse de nuevo a ellos con una mirada cargada de preocupación.
            —¿No os parece extraño que vuestros padres contraigan una enfermedad tan rara en un momento tan inoportuno? Parece como si alguien quisiera acabar con Vaneval y Silvest de un solo golpe.
            Neridah intercambió una mirada asombrada con Jairo. No había pensado en esa posibilidad. Tenía que tomar una decisión rápida. De ella dependían los destinos de los dos reinos.
            —Princesa —dijo Jairo, dando voz a sus propios pensamientos—, creo que deberíamos investigar este asunto. Tenemos que averiguar quiénes son esos soldados que han atacado vuestras tierras. Si damos con ellos, descubriremos quién está detrás de todo esto.
            Neridah lo miró con la decisión pintada en los ojos.
            —Tenéis razón —respondió con voz enérgica—. Tenemos que salir del castillo e investigar qué está pasando. Nos llevaremos a este mensajero para que nos guíe. Iremos los tres solos. Así no llamaremos la atención. Saldremos ahora mismo.
            Aarón abrió los ojos como platos. ¿Tendría que viajar con los príncipes? Hizo un mohín de disgusto y abrió la boca para protestar. Neridah lo advirtió y le lanzó una mirada desafiante, alzando el mentón.
            —¿Tienes algo que decir, mensajero? —le preguntó, retadora. Su mirada no admitía réplicas.
            —Aarón está a vuestro servicio, alteza —dijo, haciendo una reverencia ante su princesa.
                Neridah sabía muy bien lo que había pensado el muchacho. El viaje sería peligroso y ningún ejército que hubiera arrasado aldeas enteras tendría inconvenientes para matar a tres jóvenes, aunque dos de ellos fueran príncipes. Pero tanto ella como Jairo, del que desconfiaba aún, tenían que hacerlo para descubrir quién estaba detrás de todo aquello.





¿Qué os han parecido el comienzo?

Espero que os haya gustado. Ya sabéis que si queréis, podéis descargar los dos capítulos desde aquí.

En las próximas semanas pondré algunos capítulos más para que podáis leer también alguna escena de acción.


Y, por favor, ¡no os olvidéis de aconsejarme con las portadas! Sé que no son perfectas, pero como no tengo mucho dinero, puedo permitirme comprar imágenes ni pedir a alguien que entienda del tema que me diseñe la portada. He tenido que hacerlo todo yo solita, con los consejos de Ana Traves, una amiga excelente que me ha recomendado efectos para los dibujos. Por todo esto es tan importante para mí que me ayudéis a escoger una portada. ¡Gracias de antemano!