viernes, 21 de octubre de 2016

El poder del medallón: capítulo 3

¡Hola a todos, amigos de letras!

Este viernes os traigo un nuevo capítulo de El poder del medallón, la novela juvenil de fantasía que escribí hace bastante tiempo con la colaboración de mi sobrinita Laura, que entonces sólo tenía diez añitos.

Ya sabéis que la semana pasada colgué los dos primeros capítulos de la novela, así como la sinopsis para que conociérais mejor el argumento. No recibí muchos comentarios el pasado viernes, no sé si ello se debe a que la novela no está gustando o a que este mes es un tanto complicado. En cualquier caso, también os quiero informar de que desde facebook me han aconsejado mucho con las portadas y que están bastante igualadas estas dos que os pongo a continuación. ¿Me ayudáis a elegir?




Como ya os dije la otra vez, os recuerdo que a quienes me aconsejéis os nombraré en los agradecimientos de la novela una vez que la publique. Considero que ninguna ayuda debe quedar sin agradecimiento.
Y, sin más preámbulos, aquí tenéis el capítulo de hoy.

EL PODER DEL MEDALLÓN
Noemí Hernández Muñoz
Laura Mendoza Hernández
Capítulo 3
La aldea arrasada

            Neridah detuvo su caballo junto a una de las casas en ruinas. Habían pasado varios días desde que le había ordenado a Aarón que los guiara a las fronteras. La princesa había dejado a su tío Otis al cargo de todo y había dispuesto que no los acompañara ningún guardia. Su tío se había opuesto a la idea. Había insistido en que debían acompañarlos algunos soldados para protegerlos. Pero Neridah pensaba que si viajaban solos llamarían menos la atención y llegarían antes, así que Otis se dio por vencido.


            Los problemas habían comenzado con el primer paso del viaje. Neridah desconfiaba de Jairo y él también recelaba de ella, de modo que discutían por cualquier cosa. Apenas se hablaban y, cuando lo hacían, era con una fría cortesía que helaba la sangre. A veces Neridah pensaba que eran la viva encarnación del conflicto entre Vaneval y Silvest. Aarón trataba de mediar entre ellos, pero no siempre lo conseguía. Neridah agradecía la compañía del mensajero, pues a veces pensaba que si la incursión no acababa pronto, aquel príncipe engreído y ella llegarían a las armas.

            Aquel día, mientras continuaban su viaje hacia las fronteras, habían visto algo extraño. Una columna de humo negro se alzaba sobre una población cercana. Espolearon sus caballos y en cuestión de minutos llegaron a una aldea saqueada. Apenas quedaban unos cuantos muros en pie.

            Neridah arrugó la nariz al sentir el humo proveniente de los restos. Se le encogió el corazón al contemplar aquella aldea silenciosa, sin vida, llena de cenizas. No dijo nada, pero se mordió los labios con fuerza, conteniendo las lágrimas. Bajó de su caballo y deambuló entre los escombros, recogiendo de vez en cuando algunos objetos entre los cascotes, como si intentara encontrar supervivientes a la masacre. Pero era inútil. Sólo había desolación.

            Junto a ella, sintió la presencia de Jairo, que observaba con los ojos vidriosos el paisaje dantesco. Aarón había bajado la mirada, incapaz de contemplar la devastación. Nunca habían visto nada como aquello.

            —¿Cómo se llama esta población? —preguntó Jairo con voz afligida.

            Aarón señaló un cartel indicador que había en el suelo, quemado por los bordes y roto por las pisadas. Jairo lo leyó con el rostro muy pálido y la voz quebrada.

            —Zeronia.

Nada más escuchar el nombre de la aldea en boca de Jairo, Neridah se giró hacia él como movida por un resorte. Aquello era más de lo que podía soportar. Sus ojos estaban cargados de furia mientras avanzaba hacia él a pasos agigantados.

—¡Tus soldados han hecho esto! —le gritó—. ¡Asesinos!

El rostro de Jairo pasó de la tristeza a la sorpresa y la furia en unos instantes. Neridah se había acercado tanto a él que casi se tocaban nariz con nariz.

—¡Retíralo! —le advirtió el  príncipe.

—¡Asesinos! —volvió a gritar Neridah, empujándole.

Neridah sintió que toda la ira y la incertidumbre que había sentido durante esos días explotaba en su interior. Una parte de sí misma no podía creer que los guerreros de Vaneval hubieran echado por tierra el tratado, pero ¿qué otra cosa podía ser, en realidad? Silvest no tenía ningún otro enemigo declarado. Y, para colmo, Jairo profanaba aquella tierra que sus propios hombres habían destruido.

—¿Qué haces? —le gritó Jairo, devolviéndole el empujón.

Sin pensárselo dos veces, Neridah desenfundó su espada y miró a Jairo a los ojos, que clavó la mirada en los suyos. Se estudiaron mutuamente, evaluando sus capacidades de lucha durante un instante.

Junto a ellos, Aarón los observaba impotente. Parecía inevitable que corriera la sangre. Estaba a punto de intervenir a riesgo de que lo ensartaran cuando un movimiento tras uno de los muros humeantes llamó su atención.

—¡Esperdad! ¡Hay supervivientes! ¡Escuchad! —les dijo, cogiéndolos a ambos por los brazos que empuñaban las armas.

El duelo de miradas desafiantes acabó y Neridah y Jairo guardaron las espadas para mirar en la dirección que les señalaba. Pronto oyeron entre las ruinas unos sonidos extraños. Neridah echó a correr en esa dirección y los otros la siguieron. Conforme se acercaban, el sonido se iba haciendo más fuerte y claro. Ahora lo oían perfectamente: era un llanto, el llanto de una niña.

            Entre un montón de escombros, encontraron a una joven. Estaba acurrucada contra la única esquina que quedaba de una casa. Probablemente había oído la discusión y había pensado que volvían los enemigos. A su alrededor todo era cenizas. Cuando la vio, Neridah se dio cuenta de que no era una niña. La muchacha tendría la misma edad que ellos. Pero parecía tan asustada y lloraba con tanto desconsuelo que la confusión había sido inevitable.

            Neridah y Jairo se miraron el uno al otro sin saber qué hacer. Entonces, Aarón tomó la iniciativa y se acercó a la chica, que aún no se había percatado de que habían descubierto su escondite.

            —¿Te encuentras bien? ¿Estás herida?

            La joven se sobresaltó y pegó la espalda a la pared.  Con el rostro pálido, intentó retroceder. Aarón se acercó un poco más, caminando despacio.

            —No vamos a hacerte daño —le dijo en voz baja—. Queremos ayudarte.

            La chica se limpió las lágrimas. Su cara estaba sucia más allá de lo imaginable. También lo estaban su vestido y sus manos. Observó a Aarón con los ojos enrojecidos y llenos de tristeza.

            —Se los han llevado a todos... —dijo con un hilo de voz.

            Después de eso, empezó a llorar de nuevo, pero esta vez más fuerte. Aarón puso una mano sobre su hombro, en un intento de consuelo. Neridah, superando su parálisis inicial, se acercó a la chica y la abrazó. En su interior, una cólera ciega se fue apoderando de ella.

            —Lo solucionaremos —le prometió—. ¡Quienes hicieron esto lo pagarán!

            El grupo se alejó de las ruinas de la aldea y se llevó a la chica con ellos. La muchacha estaba tan débil que apenas podía andar. Aarón y Jairo la ayudaron a subir a un caballo.

            Montaron su campamento no muy lejos de la aldea arrasada. Pusieron una manta en el suelo y ayudaron a la chica a sentarse. Jairo le ofreció pan, queso y agua. Después de comer, la campesina presentaba mejor aspecto. Neridah le preguntó qué había ocurrido con la aldea y la joven, más tranquila, comenzó a hablar:

            —Me llamo Earwen. Nací aquí, en Zeronia. Mis padres y yo hemos vivido aquí siempre, pero hace tres días… —la campesina prosiguió, esforzándose por no llorar—. Estuve trabajando en los campos con mis padres. Al llegar a casa, me di cuenta de que había olvidado la azada, así que volví para recogerla. Cuando regresé había fuego por toda la aldea...

            Earwen se cubrió la cara con las manos. Aarón le dio una palmadita en el hombro para animarla y la joven campesina continuó hablando.

            —Me oculté entre los campos y vi a unos caballeros de capa negra saqueando nuestra aldea.

            —¿De capa negra? —interrumpió Jairo.

            —Sí. Todos llevaban una capa negra y un cuervo dibujado en los escudos.

            El príncipe se volvió hacia Neridah con una mueca de satisfacción.

            —¿Veis, princesa? No han sido mis ejércitos. Estoy seguro de que  estos guerreros son los mismos que atacaron  vuestras tierras fronterizas. Los soldados de Vaneval no visten así. Nuestro color es el azul y nuestro símbolo es el león...

            Neridah clavó en Jairo una mirada pensativa. El misterio era cada vez más complejo, pero tras la narración de Earwen estaba segura de que Vaneval no tenía nada que ver con los ataques.

            —Os creo, Jairo —declaró.

            La campesina miró a Neridah y Jairo con asombro, como si no diera crédito a lo que veía. Neridah entendió su mirada. La muchacha no se había dado cuenta hasta ese momento de que eran príncipes. No estaba acostumbrada a ver a gente de la realeza y no sabía cómo debía tratarlos. Neridah hizo un gesto con la mano para restar importancia a los convencionalismos.

            —¿Sabes más acerca de esos guerreros, Earwen? —le preguntó Aarón con amabilidad.

            El semblante de la campesina se oscureció.

            —No estoy segura, pero aquellos soldados me parecieron muy extraños... No parecían querer nada de nuestra aldea. Sólo arrasaron Zeronia y se los llevaron a todos como prisioneros. No hay ninguna explicación de por qué nos atacaron. Cuando acabó todo, volví a casa y no quedaba nadie. Ni siquiera mis padres. ¡Tengo que encontrarlos!

            Aarón consoló a Earwen mientras Neridah y Jairo contemplaban la hoguera del campamento, cada uno envuelto en sus propios pensamientos.

            —Entonces, todo es tal y como pensábamos —se atrevió a sugerir Aarón al cabo de un momento—. Alguien intenta romper el tratado de paz entre Vaneval y Silvest.

            A Neridah le vino a la mente una idea espantosa.

            —Si esos caballeros intentan romper el tratado —dijo—, quizá fueran ellos quienes hicieron enfermar a nuestros padres por medio de algún hechizo. No puede explicarse de otra forma su enfermedad ni el hecho de que aparezcan y desaparezcan sin dejar rastro. ¿Y si consiguen matarlos?

            Jairo la miró con el rostro pálido. Los dos jóvenes cruzaron una mirada con el miedo pintado en los ojos. Ninguno quería pensar que  sus padres fueran víctimas de un sortilegio, pero no podían dejar de contemplar esa posibilidad.

            Pronto se hizo de noche y prepararon sus mantas para dormir. Habían planeado que Earwen permaneciera con ellos unos días, hasta que encontraran otra aldea donde pudiera quedarse. Luego, seguirían buscando pistas sobre la identidad de los Caballeros del Cuervo.

            Neridah no podía dormir. Daba vueltas y más vueltas entre las mantas, pero las preocupaciones no le permitían conciliar el sueño. Tenía miedo de lo que  pudiera pasarles a sus padres. También tenía miedo de no saber gobernar bien. ¿Y si todo era como decía su tío Otis y no debería estar investigando? ¿Y si debía solucionar las cosas desde el castillo?

            Sabía que el príncipe Jairo tenía las mismas dudas, aunque no las hubiera expuesto. Pero, ¿qué podían hacer? Ahora estaban muy lejos y la única pista que tenían eran aquellos caballeros tan misteriosos.

            Apenas Neridah había conseguido dormirse cuando unos gritos la sobresaltaron. Se levantó de un salto y vio que Jairo había cogido su espada. El chico miraba a su alrededor, buscando enemigos.

            Pero los gritos eran de Earwen. La campesina había tenido una pesadilla y lloraba de nuevo. Aarón se había sentado junto a ella. Le había pasado un brazo por los hombros y le susurraba algo para tranquilizarla.

            Earwen se limpió las lágrimas y se sentó, rodeándose las rodillas con los brazos. Jairo avivó las ascuas y el fuego crepitó de nuevo. A nadie le apetecía volver a dormir.

            —He soñado con el ataque a la aldea —murmuró Earwen, mirando al suelo fijamente—. Lamento haberos despertado a todos.

            —No pasa nada —le dijo Neridah, sonriendo con dulzura, acariciándole el cabello—. Pronto averiguaremos quiénes son esos guerreros. Cuando lo hagamos,  mandaré que los apresen. Entonces, no tendrán más remedio que liberar a tus padres y al resto de la aldea. Y mis padres sanarán y podrán firmar el tratado de paz con los reyes de Vaneval.

            Neridah se esforzó por aparentar que estaba muy convencida al decir todo esto, pero no era así. Cada vez tenía más dudas sobre qué era lo mejor que podía hacer. Como si fuera el eco de sus pensamientos, Jairo comentó con tristeza:

            —Ojalá lo descubramos antes de que sea demasiado tarde. Si no es así, nuestros padres...

            El príncipe no pudo terminar la frase. No era necesario que lo hiciera.

            Aarón, viendo el desánimo que reinaba en el campamento, cogió una flauta de su bolsa. Con el beneplácito de los príncipes, tocó para Earwen una melodía tranquila y suave. La música  que salía del instrumento flotaba en el aire como magia. El sonido relajante de aquella canción alejó la tristeza.



Casi sin darse cuenta, Earwen y los príncipes fueron adormeciéndose hasta sumirse en un sueño tranquilo y apacible. Aarón supo que no habría más preocupaciones ni pesadillas esa noche. Dejó de tocar y guardó la flauta. Tras eso, apagó el fuego y se acostó entre sus mantas, dispuesto a dormir.


¿Qué os ha parecido? Espero que os haya gustado. Ya sabéis que podéis descargaros los tres primeros capítulos juntos, por si queréis echarle un vistazo de forma más tranquila. ¡Espero vuestros comentarios!