domingo, 19 de noviembre de 2017

Casa de fantasmas: Parte II

¡Hola, amigos!

¿Qué tal? Yo sigo con mi vida ajetreada (por los estudios, quiero decir, porque por lo demás no piso ni el tranco de la puerta, ja, ja), pero feliz.

Hoy os traigo la segunda parte de Casa de fantasmas. Y mucho me temo tener que deciros que ¡habrá una tercera!... Esto de que me ponga a escribir y las historias no tengan fin, no sé yo...

Si no habéis leído la primera parte o queréis refrescar la memoria, podéis hacerlo pinchando este enlace:


Y ahora, antes de dejaros con la segunda, os pido que seáis buenos y no me critiquéis mucho, que acabo de sacarla del horno y prácticamente no la he revisado porque he visto que, si lo hacía, no me daría tiempo a colgarla hoy tampoco...

CASA DE FANTASMAS

Segunda parte

Noemí Hernández Muñoz



Marcos, Claudia y los demás cruzaron la calle de vuelta a la vieja mansión. Se acercaba la hora que sus padres les habían dado como toque de queda y todavía tenían que sacar a la nueva de la casa abandonada.


—¿Tú crees que estará muy cabreada? —preguntó Claudia.

Marcos la miró con expresión divertida.

—¡Bah! Me apuesto lo que quieras a que está acojonada —se carcajeó—. No me extrañaría que se hubiera meado encima...

Los demás chicos del grupo rieron y palmotearon los hombros de Marcos por su ocurrencia. Claudia puso los ojos en blanco. Lo cierto era que se sentía un poco culpable. Sacudió la cabeza para quitarse aquellos pensamientos, al fin y al cabo, sólo era una broma pesada, nada más. Nada que Jenny no pudiera superar en un par de días.

Llegaron hasta la verja y la encontraron ligeramente abierta. Claudia y Marcos se miraron entre sí. La habían cerrado al salir, ¿verdad? El muchacho se encongió de hombros y el grupo penetró al jardín, sorteando las enredaderas y los matorrales espinosos.

No habían alcanzado todavía la entrada cuando divisaron la puerta. Estaba abierta, con la traba rota tirada en el suelo.

—Parece que la nueva se ha marchado solita, ¿no? —dijo Marcos, cogiendo los pedazos de madera rota para lanzarlos lejos, esbozando una sonrisa torcida—. Y tú tan preocupada por si se le aparecía un fantasma...

Claudia frunció el ceño y le dio un ligero golpe con el puño en un hombro.

—¡Mejor! —le respondió—. No me apetecía tener que verla ahora. Estaba hecha un basilisco cuando me fui. Seguro que mañana tiene los ánimos más calmados.... Acompáñame a casa, Marcos. Es tarde y ya sabes que a mis padres no les gusta que regrese sola.

El grupo volvió sobre sus pasos y se dispersó, cada uno de vuelta a su hogar, ignorante de que dejaban atrás el cadáver de Jenny, envuelto en una manta vieja sobre el suelo del salón de la mansión abandonada.

***

Al día siguiente, Jenny no apareció por clase y la policía estuvo preguntando a los alumnos de su curso por si la habían visto la noche anterior. Claudia y Marcos, que compartían pupitre, se miraron entre sí, preocupados.

La puerta de la mansión estaba abierta cuando llegaron, era imposible que la nueva no hubiera salido. ¿Se habría escapado de su casa? Acordaron que lo mejor sería no decir nada e instaron a su pandilla a callarse: dirían que habían salido todos a pasarlo bien y que se habían separado en la puerta de la mansión abandonada, que ya no la habían vuelto a ver.

—En el fondo es verdad —dijo Claudia—. La vimos por última vez allí, antes de separarnos para volver a casa. Sólo omitiremos lo de la broma. Lo que pasó entre medias no podemos saberlo.

Los demás estuvieron de acuerdo y ocultaron el detalle de la novatada macabra.

Esa misma tarde, los policías encontraron el cuerpo de Jenny. Su asesino la había matado de un corte en el cuello. Según el informe forense, la chica había luchado con fiereza, pues tenía diversos cortes defensivos, varios golpes y una puñalada en el vientre. Con toda probabilidad fue esta herida la que redujo su resistencia contra el agresor e hizo que cayera al suelo, momento que el asesino aprovechó para matarla de un tajo en la yugular.

La policía siguió interrogando a los estudiantes, pero Marcos y Claudia mantuvieron al grupo silenciado. Ninguno diría nada sobre la novatada. Al fin y al cabo, a la policía eso no le interesaba y ninguno de ellos la había asesinado. Ellos no podían fastidiarse la vida sólo porque la nueva hubiera muerto.

La pandilla aceptó ese razonamiento, si bien tardó un tiempo en olvidar lo acontecido. Sólo Claudia recordaba de vez en cuando la cara asustada de Jenny cuando la había mirado a través del hueco de la puerta y sentía que los remordimientos la rondaban. En esos momentos recurría a Marcos, que siempre tenía alguna palabra que decir para quitarle hierro al asunto y hacer que la olvidara.

***

Los años pasaron y el recuerdo se borró del todo. La pandilla siguió unida después del instituto, aunque sus encuentros se fueron espaciando una vez que entraron en la universidad. Marcos y Claudia se casaron un año después de terminar sus estudios. Él comenzó a invertir en bolsa y ella fue reclutada en el mejor bufete de abogados de la zona por recomendación del padre de Marcos. Las cosas les iban bien y aún les fueron mejor cuando las inversiones de Marcos dieron unos resultados mejores de los que esperaban.

Fue entonces cuando al joven se le ocurrió una idea disparatada: comprar la manión abandonada y convertirla en su residencia. Al principio Claudia estaba reticente. El lugar no le traía buenos pensamientos desde la adolescencia. Ya no recordaba muy bien por qué, ya que los años y su conciencia se habían encargado de borrar el rostro de Jenny de su memoria, pero vivir allí no le parecía una buena idea.

Marcos se encargó de convencerla, hablándole de lo precioso que quedaría el jardín después de arreglarlo, de lo fácil que sería devolverle a la casa su antiguo esplendor gastando tan sólo unos pocos miles de euros y de las grandes fiestas que podrían dar para ser la envidia de sus amigos. Al final, la reticencia de Claudia se convirtió en entusiasmo y comenzaron a tramitar las negociaciones con el banco para adquirirla.

***

Los problemas comenzaron una vez que se instalaron en la nueva propiedad. La mayoría no tenía importancia: luces que parpadeaban o, incluso, se apagaban sin motivo, un sonido similar a un gemido por las noches, sin duda proviniente de alguna tubería en mal estado y otras cosas parecidas... Nada que no se pudiera solucionar con más dinero para mejorar las instalaciones.

Pero esos pequeños problemas fueron mermando el carácter de Claudia, que comenzó a tomar pastillas para controlar los nervios después de que una asistenta renunciara al trabajo tras jurar que había visto a una muchacha empapada en sagre corriendo por un pasillo. Desde entonces, Claudia no soportaba quedarse sola en la propiedad, no desde que aquello le había hecho recordar de golpe todo lo que había pasado en esa casa y había comenzado a oír la voz de Jenny por todas partes.

Por supuesto, no se lo dijo a nadie. No quería que Marcos la tomara por loca y la encerrara en un psiquiátrico. Por eso, siguió tomándose las pastillas y yendo al trabajo como si nada hubiera ocurrido, tratando de mantenerse lo más ocupada posible para asegurarse de llegar a casa cuando Marcos ya estuviera allí. Su presencia parecía intimidar al espíritu de Jenny, ya que cuando Marcos estaba allí no se manifestaba.

Después de un mes viviendo en la mansión, Marcos decidió que era la hora de organizar la fiesta de inauguración. Al fin, habían terminado todas las obras y tenían algo que celebrar. A Claudia le pareció una buena idea. Llevaba unas semanas agotadoras con el trabajo y los arreglos de la casa. Seguro que era todo eso lo que había provocado su estado de nerviosismo. Ya era hora de que se divirtiera un poco.

Comenzó a organizar los preparativos con entusiasmo y fijó una fecha para la fiesta. Llamó a todos sus contactos del trabajo, incluso a sus amigos del instituto, a los que hacía tanto que no veía. Desde luego, se morirían de envidia, ya que a ningno de ellos les había ido tan bien como a Marcos y a ella.

Lo último que hizo, unos días antes de la gran inauguración, fue comprarse un vestido en la mejor casa de moda de la región. Cuando la mañana de la celebración le llegó la caja con su pedido (habían tenido que arreglarle algunos detalles para que le ajustara bien) se lo probó ante el espejo de su dormitorio con ojo crítico y dio un par de vueltas.

Desde luego, el tono rojo del vestido marcaba un contraste delicioso con su piel blanca y nacarada y el vuelo le hacía una buena figura, pero lo que más destacaba era el dibujo de la pedrería, que brillaba y le otorgaba un aspecto elegante y alegre.

Mientras pensaba qué peinado le convendría más aquella noche y jugaba a retirárselo del rostro y a volverlo a dejar caer para observarse en el espejo, le pareció que su reflejo temblaba ligeramente sobre la superficie y mutaba. Claudia fijó toda su atención en el punto de su rostro que estaba cambiando y dejó escapar una exclamación asustada cuando el espejo le devolvió la imagen de Jenny, tan nítida como una fotografía, ataviada con su vestido rojo y acicalándose el cabello con actitud presumida.

Jenny la miró desde el otro lado de la superficie, le sonrió con una mueca irónica y le guiñó un ojo. Claudia jadeó y dio un paso atrás para alejarse de aquel espejo macabro, pero entonces la luz de la habitación tembló y se apagó. La joven gritó con todas sus fuerzas.

Al poco, la asistenta llegó hasta la habitación expresión preocupada. Sin duda, había pensado que había sufrido un accidente.

—¿Está bien, señora? —le preguntó, con voz temblorosa.

Claudia la miró con el rostro desencajado. La luz había vuelto a encenderse sola. Le echó un vistazo al espejo y sólo se vio a si misma. Estaba pálida y el miedo parecía evidente en su expresión, pero no había ni rastro de Jenny por ninguna parte. Se esforzó por enderezar la espalda y aparentar relajación antes de dirigirse a la empleada. No podía dejar que pensara que se había vuelto loca.

—Estoy perfectamente. He gritado porque casi rompo el vestido sin querer... Vuelve a la cocina o a lo que quiera que estuvieras haciendo, ya sabes que esta noche habrá mucho trabajo.

La asistenta se retiró con una mirada dolida. Le había hablado con un todo más duro de lo que pretendía. No había sido su intención, pero tampoco iba a disculparse. Volvió a echarle una mirada de reojo al espejo, pero la chica a la que había olvidado hacía tanto tiempo no volvió a aparecer.

Claudia caminó a zancadas hasta la mesita de noche, donde guardaba su medicación para los nervios, y se tragó un par de pastillas. Se encargaría de que Jenny no volviera a aparecer en su espejo.

Las pastillas le hicieron efecto pronto y se concentró en ultimar los detalles de los adornos para el enorme salón en el que darían la fiesta. En unas horas, todos los amigos se reunirían de nuevo.



Continuará...



Y esto es todo por hoy, amigos. Espero que os haya gustado. Por supuesto, podéis hacerme todas las sugerencias que queráis para mejorarlo.

¡Un abrazote!