viernes, 20 de enero de 2017

Helena

¡Hola, amigos!

Hoy me he retrasado unas cuantas horas en publicar la entrada, pero ya os traigo un relato breve recién salido del horno.

No está muy bien pulido porque acabo de escribirlo, así que espero que lo sepáis disculpar. ¡Espero que os guste!



HELENA
Noemí Hernández Muñoz



            Murió hace tres meses. Aún no lo he superado. La quería tanto… Creo que nunca he querido a nadie más de lo que quise Helena. Me paso las noches observando su foto, esa en la que llevaba aquel vestido rojo que le gustaba tanto. Ese día estaba radiante y acaparaba las miradas de todo el mundo, eclipsando a quien estuviera junto a ella. No me extraña: era capaz de conquistar el corazón más duro con su risa.


            Ya no podré volver a oírla nunca. Quizá sea eso lo que más echo de menos. Sé que había tenido una aventura con otro hace unos años, que incluso se planteó dejarnos a Hermíone y a mí por el otro. Su infidelidad me dolió. ¿Para qué negarlo? Pero también es verdad que cuando volvió me sentí feliz como nunca. Se disculpó, me dijo que se había equivocado y que nunca volvería a repetirlo. Todavía estaba herido en el orgullo, pero tenía tanto miedo de perderla otra vez que no me importó.

            No todo fue color de rosa, pero ella le daba sentido incluso a los peores momentos. Aún me cuesta creer que un borracho la atropellara el día de nuestro aniversario. ¿Cómo no la vio cruzar?
            Helena murió en mis brazos. No soy capaz de recordar ese momento con claridad, pero sé que no recobró la conciencia después del impacto. No pude despedirme de ella. Murió tirada en la calle, como una muñeca desmadejada.

            Mi psicólogo dice que lo más probable es que nunca recupere los recuerdos de aquel momento, que es un trauma demasiado fuerte. También dice que debo hacerme a la idea de que nunca volveré a verla. Pero, ¿cómo voy a hacerlo si la veo todos los días y a todas horas? La casa está llena de ella por todas partes. Hermíone es su réplica en miniatura…

            Todas las noches sueño con lo mismo: el atropello mortal y el velatorio. Le puse a Helena su vestido favorito, pero ya no parecía ella. No era más que una sombra pálida vestida de rojo.

            Hace semanas que no duermo. ¿Para qué? Estoy cansado de soñar, de perderla una y otra vez. La semana pasada me pareció verla en el jardín en mitad de la noche. Me froté los ojos y, cuando volví a mirar, ya no estaba. Quizá esté enloqueciendo o quizá sea la falta de descanso… Esta mañana he dejado a Hermíone al cuidado de sus tíos. No soporto verla cada día. Tampoco estoy haciendo un buen trabajo como padre. Ayer la llevé al colegio sin peinar ni desayunar. Ni siquiera me habría dado cuenta si no hubiera sido porque la maestra me llamó la atención. Por eso es mejor que la niña esté con mi cuñada. Ella es una buena madre y me consta que es una leona protegiendo a sus hijos. Sé que cuidará bien de la mía.

            Entregar a Hermíone es lo único que he hecho bien desde que murió su madre. Es curioso, pero, desde que estoy solo en casa, me da la sensación de que Helena ha vuelto. A veces, cuando camino vigilando los rincones, huelo su perfume en el pasillo y, cuando he entrado en nuestro dormitorio para cambiarme, su pintalabios estaba sobre el tocador. Sé que no puede ser así, que debería plantearme que yo he hecho esas cosas inconscientemente, pero… ¿y si no estoy loco?

            No he dejado de pensar en eso durante todo el día. Ni siquiera he comido ni cenado. No tengo hambre. Sólo sé que debo esperar otra señal. Si ella está aquí, si ha vuelto, me la mandará. Sabe que la espero, que no he dejado de esperarla desde que se marchó.

            Pero no ha vuelto a pasar nada fuera de lo común. Ya es media noche y todo sigue en calma. Como siempre, me he acostado en nuestra cama acariciando el lado en el que ella solía dormir. Entonces, ha llegado la señal: ¡su lado está caliente! Al principio he pensado que era mi imaginación, pero no. He pasado las manos una y otra vez por las sábanas y están cálidas, como si Helena hubiera estado aquí hace un instante.

            He mirado por toda la habitación, pero no hay nadie. Incluso me he levantado de nuevo para inspeccionar toda la casa. Pero está vacía. El perfume de Helena parece más intenso conforme me voy acercando de nuevo al dormitorio. ¿Estará en la cama esperándome? Corro de nuevo hacia allí, pero sigue estando vacío.

            Mientras me inclino, vuelvo a acariciar las sábanas. Están perdiendo su calidez. ¿Será verdad que me estoy volviendo loco? Noto un nudo en la garganta que no me deja respirar. La he perdido de nuevo.

            Pero justo entonces, cuando estoy derramando las primeras lágrimas, oigo algo. Es como un susurro. ¿Helena? No hay nadie junto a mí. Pero parece que el ruido proviene de fuera. El susurro se ha repetido. Suena como su voz. Me asomo a la ventana y… ¡Es ella! Está en el jardín, con su vestido rojo, mirando hacia arriba. Me está llamando.

            Ya no quiero saber si estoy loco o no, ya no me importa. Sólo quiero estar con ella. Salgo del dormitorio, atravieso el pasillo y salto las escaleras. Debo ir rápido. Siento que si no lo hago así se marchará y ya no volverá.

            Cuando salgo de la casa, miro hacia el lugar donde estaba, pero ya no hay nadie. Me acerco con prudencia e inspecciono el lugar. De nuevo, siento que el nudo en la garganta me aprieta y que los ojos se me vuelven a llenar de lágrimas. Ya no puedo más con este dolor…

            Pero entonces, la vuelvo a oír. Ha pronunciado mi nombre. Miro hacia el sonido. ¡Allí está! ¡No se había ido! Helena me devuelve una mirada misteriosa y sugerente. Me sonríe de esa forma tan sensual que sólo ella era capaz de dominar. Quiere que  vaya hacia ella.

            Empiezo a caminar y avanzo varios pasos. Es extraño, pero me da la sensación de que se aleja. Es imposible, porque no se ha movido un centímetro, sigue ahí, quieta, sonriéndome. Me he detenido un instante, valorando este presentimiento. Helena vuelve a llamarme. Ha estirado un brazo hacia a mí para ofrecerme su mano.

            Vuelvo a echar a andar, esta vez, a un paso más apurado. No puedo volver a perderla. De nuevo, tengo la sensación de que ella se desplaza porque sigue a la misma distancia aunque he avanzado varios metros. Pero ella no se ha movido un milímetro. ¿De verdad estoy loco?

            Echo a correr hacia ella y Helena vuelve a sonreírme. No sé cómo, pero se está adentrando en la parte más profunda del jardín, allí donde empieza el bosquecillo. Ya no me importa si se mueve o no. ¡La alcanzaré!
           


Espero que os haya gustado. Me he inspirado en dos cositas para crearlo: la figura de Helena es una mezcla de Helena de Troya (creo que he dejado algunas pistas para que los lectores lo podáis descubrir) y el zupay (también conocido como supay o supa), que es una especie de dios demonio que tiene los pies invertidos, por lo que camina hacia atrás. Suele presentarse ante la gente tomando el rostro de un ser querido para confundirlo y atraerlo hacia él, alejándolo de su hogar y de todo cuanto conoce. Al menos, eso es lo que oí sobre esta criatura en un programa de Cuarto milenio, ja, ja, ja.

Si os ha gustado el relato, ya sabéis que lo podéis descargar aquí.

¿A vosotros también os gusta la mitología?