viernes, 11 de agosto de 2017

Las aventuras de Nuri, Noe y Sora: capítulo 2



¡Hola, amigos!

¿Qué tal esta semana? La mía trabajando muy duro en las ilustraciones de Las aventuras de Nuri, Noe y Sora. Ya he terminado de dibujarlas todas y sólo me queda el proceso de darles color.

Hoy os traigo el segundo capítulo de esta novela infantil de fantasía. Si aún no habéis leído el primero, podéis acceder a él pinchando en este enlace.

Aún no he terminado la portada, pero estoy segura de que para la semana que viene estará más que lista y haya podido retocar también los pequeños defectos del resto de las ilustraciones que voy colgando en el blog.

Y ya, sin más dilación, os paso el segundo capítulo. ¡Espero que os divirtáis mucho con vuestros peques!


LAS AVENTURAS DE NURI, NOE Y SORA


Capítulo 2: La excursión

Autora: Noemí Hernández Muñoz


Pasaron los días y Nuri, Noe y Sora se convirtieron en las mejores amigas del mundo mundial. Juntas jugaban a la pelota, a la Nintendo DS y les tiraban piedras a las colmenas. Incluso una vez les picaron a las tres las mismas abejas.

Cuando el maestro don Modesto castigaba a una sin recreo, las otras dos también se quedaban sin recreo. Cuando una se ponía triste, las otras dos también se ponían tristes. Cuando una contaba chistes, las otras dos se reían.

Juntas hacían de todo y superaban todas regañinas que se les ponían por delante. Hacían un gran equipo. Incluso, una vez, lograron escapar de las fauces de un enorme oso hambriento. ¿Quieres saber cómo fue? Sigue leyendo y lo sabrás...

***

Don Modesto subió al autobús que los llevaría de excursión. Tras él fueron los alumnos de quinto de primaria. Nuri, Noe y Sora, junto con Marina (la lista de la clase) se sentaron en la parte trasera del autobús. Desde allí observaron a las madres diciéndole adiós al autobús.

La excursión iba a ser un viaje a un zoológico. Don Modesto decía que aquello les vendría bien para repasar a los animales que habían estudiado en conocimiento del medio. Después, irían de visita a un castillo que había junto a un bosque para aprender arte e historia. Y, finalmente, comerían en un merendero, donde pasarían el resto de la tarde jugando.

En el zoológico, Marina les echaba fotos a los chimpancés mientras Nuri le hacía burlas a un león que se desperezaba en su jaula. Después de ver a los depredadores más impresionantes, visitaron a los reptiles. Entonces, don Modesto se retocó su impoluto traje, se pasó un pañuelito por la frente y anunció con voz aflautada:

—¡Venga, niños! Poneos en fila: volvemos al autobús.

La clase de quinto de primaria subió de nuevo al autobús.

La siguiente parada fue un espléndido castillo. Era de cine: antiguo, pero bien conservado, con olor a moho y tacto frío y rocoso, muy cerquita del bosque. No les hubiera extrañado lo más mínimo ver de repente una justa de caballeros con brillantes armaduras o un baile de bellas damas con vestidos de seda.

Los alumnos exploraron el castillo por completo, hasta las mazmorras y todo. Marina lo fotografiaba todo como si fuera una turista y Nuri, Noe y Sora hacían el payaso escondiéndose detrás de las armaduras medievales que había en los rincones más oscuros y hablando con voz ronca para asustar a sus compañeros. Al principio don Modesto no les hacía caso, pero cuando Nuri le puso una cucaracha de plástico en el bolsillo de la chaqueta, las amenazó con dejarlas sin bizcocho para que no hicieran más travesuras.

La merienda se hizo cerca del castillo, en un merendero junto al bosque. Don Modesto, mirando a todas partes por si encontraba alguna otra cucaracha, dudó durante un segundo antes de tomar asiento.

Las tres amigas empezaban a aburrirse. Ya habían tomado su merienda y no les apetecía sentarse al sol como sus compañeros de clase.

—¿Y si exploramos el bosque? —propuso Nuri.

—No sé... —dudó Noe—. Don Modesto ha dicho que no nos alejemos y ya se ha enfadado cuando ha visto tu cucaracha de pega y se ha caído de culo...

—Ya, pero esto es un rollo... —se quejó Nuri—. ¡Vamos al bosque! A lo mejor encontramos una cabaña con un tesoro y todo...

—¡Cállate, canija! —dijo Sora—. Siempre que propones un plan, nos acabas metiendo en un buen lío. ¿Ya no te acuerdas de lo que ocurrió la semana pasada?

Nuri abrió mucho los ojos y la miró con infinita inocencia, como si nunca hubiera roto un plato.

—¿Qué pasó? —le preguntó, con fingida ignorancia.

—¡No me lo recuerdes, canija! Por tu culpa don Modesto nos castigó una semana entera sin recreo —gruñó Sora—. ¿A quién se le ocurre hacer un dibujo del profe con los mocos colgando en la pizarra y firmarlo con su nombre? ¡Hay que ser tonto!...

Nuri soltó una risotada.

—Bueno, no lo firmé solo con mi nombre... —dijo—. ¡También escribí el tuyo!

La cara de Sora se puso roja como un tomate, tanto que Noe creyó que reventaría.

—¿Escribiste mi nombre? ¡Por eso me castigó don Modesto a mí también! — chilló.

Sora miró a Nuri con el ceño fruncido. Si las miradas matasen, Nuri habría caído fulminada. Pero la niña sonrió encantadoramente y echó a correr. Sora corrió tras ella para alcanzarla, lanzando gritos.

—¡Como te coja, te vas a enterar, canija!

Noe observó con preocupación cómo sus dos amigas se internaban en el bosque a pesar de sus objeciones. Suspiró resignada y las siguió. Intuía que tendrían otra semana de castigo.



* * *

Empezaba a anochecer y las tres amigas aún no habían regresado junto a sus compañeros de quinto de primaria. Se habían perdido. Noe se preguntó si don Modesto las estaría buscando preocupado y si habría avisado a sus padres. Probablemente sí.

Probablemente, a esas horas, ya habrían llegado a sus casas de no haber entrado en el bosque. Probablemente, a esas horas, ya habría cenado y tendría la barriga llena. Probablemente, a esas horas, estaría limpia después de una ducha calentita y estaría viendo la televisión en el sillón de casa. Probablemente.

¿Por qué se habían tenido que adentrar en ese condenado bosque?

—¡Todo esto es culpa tuya, canija! —oyó decir a Sora, malhumorada—. Siempre que nos metemos en líos es porque hemos seguido una de tus maravillosas ideas...

Nuri sonrió, encantada.

—Tranqui, mujer. ¡Te saldrán arrugas! Seguro que dentro de un ratito veremos la salida...

—Y si no la vemos, ¿qué? —gruñó Sora, entre asustada y enfadada—. ¿Qué pasará entonces?

Nuri volvió a sonreír.

—Que dormiremos en el suelo —dijo—. Tampoco es para tanto, chiquilla... ¡Piensa en positivo!

Sora empezó a abrir la boca para lanzar una nueva réplica, pero Noe la contuvo. No quería que sus amigas se enfadaran.

Al poco tiempo, le pareció ver a o lejos la solución a sus problemas.

—¡Mirad! —exclamó—. ¡Una cabaña! ¡Estamos salvadas! A lo mejor hay un guardabosques o alguien que nos pueda ayudar...

—¡O a lo mejor un tesoro! —murmuró Nuri, soñadora.

—Por esta vez, te has librado, canija —siguió refunfuñando Sora—. Pero como vuelvas a tratar de meternos en una de tus maquinaciones estúpi...

—Tranquilízate ya, Sora —la riñó Noe—. Enfadarse no va a resolver nada. Además, si vinimos detrás de Nuri fue porque quisimos, así que la culpa es de las tres.

Sora aceptó sus palabras porque sabía que era verdad, pero después de esa conversación mantuvo un obstinado silencio.

Caminaron un poco más entre los árboles, dirigiéndose a paso ligero hacia la cabaña. De camino, divisaron un pequeño manantial. El sol apenas se vislumbraba bajo la frondosa floresta y, ahora que estaba anocheciendo, el suelo por el que caminaban apenas lo regaban unos míseros rayos de sol.

Cuando tuvieron la cabaña más cerca, Nuri se adelantó, correteando de sombra en sombra. Las tres niñas se asomaron con precaución a la ventana. El interior de la choza estaba oscuro. Parecía que no había nadie. Se miraron dubitativas. Noe se adelantó y tocó a la puerta. Ésta giró sobre sus goznes y se abrió con un chirrido espeluznante.

Las tres niñas dudaron antes de entrar. Dentro olía a cerrado. Nuri observó con curiosidad una telaraña que invadía el hueco de una chimenea que llevaba demasiado tiempo sin usarse.

—¿Tías, creéis que aquí habrá cucarachas? —preguntó, divertida—. ¡A lo mejor podemos cazar alguna para metérsela a don Modesto en la ropa!

—¡Otra de las maravillosas ideas de Nuri! —refunfuñó Sora—. Tan maravillosa como la de entrar en el bosque...

Nuri se rio de forma cantarina.

—Venga, mujer, solo es una broma... ¡No tienes sentido del humor!

Mientras Nuri y Sora seguían discutiendo, Noe recorrió hasta el más diminuto rincón de la cabaña buscando señales de vida. Pero no había nadie. Lo único que encontró fue un cubo de agua cubierta de verdín.

—No hay nadie, ni nada que podamos usar para llamar a nuestros padres. Esto lleva años abandonado —dijo.

Nuri y Sora se volvieron hacia ella como si esperaran las órdenes de un general. Noe se dio cuenta, de pronto, de que se había convertido en la líder del grupo y supo que debía encontrar una solución cuanto antes.

—Pasaremos la noche aquí —resolvió.

Advirtió que Sora abría la boca para protestar y añadió:

—Es peligroso deambular de noche por el bosque. Podríamos tropezar con las raíces de los árboles, partirnos una pierna o... ¡Yo que sé!... Toparnos con un animal salvaje...

—¡Caramba! ¿Crees que por aquí habrá lobos? —exclamó Nuri, con los ojos brillantes por la emoción.

—¡Cállate, canija!

Noe intervino de nuevo para apaciguar los ánimos de sus amigas.

—Lo primero que tenemos que hacer es un fuego en la chimenea: aquí hace calor durante el día, pero frío por la noche. Saldremos fuera para recoger leña. Con unas cuantas ramas y un puñado de hojas secas, bastará.

Las otras dos asintieron, conformes.

—Pero... ¿cómo haremos el fuego? —dijo Sora—. No tenemos cerillas, ni nada parecido y no creo que podamos hacer fuego frotando dos palitos.

Noe obligó a su cerebro a pensar a mayor velocidad.

—Haremos el fuego con el mechero que Nuri le ha robado a don Modesto— resolvió.

—¡Eh! —exclamó Nuri, completamente ofendida—. ¡Yo no he robado nada! Solo se lo he cogido prestado, para que no fume... Es malo para la salud, ¿sabes?

—Sí, claro —dijo Noe, suspirando—. Solo se lo has quitado por su bien.

Nuri asintió, satisfecha.

Las compañeras salieron a recoger la leña y regresaron presurosas. Nuri, entusiasmada por la idea del fuego, cogió un puñado de hojas secas dispuesta a quemarlas con el mechero, pero Sora se lo arrebató de las manos diciendo que «la canija es una irresponsable». Un instante después, Sora lo aplicó a la hojarrasca y ésta prendió las ramas. Pero había un problema: el humo no salía por el túnel de la chimenea, sino que se colaba por el interior de la cabaña y las hacía toser.

—¡Estupendo! —refunfuñó Sora—. ¡La chimenea está atascada!

Noe cogió el cubo de agua con verdín y lo vertió sobre el fuego, que se apagó de inmediato. Ya no se veía absolutamente nada. Era completamente de noche y la única luz que tenían provenía del fuego que acababan de apagar y del mechero, cuyo combustible estaba casi agotado.

Nuri empezó a revolverse, inquieta. No le gustaban los lugares oscuros y cerrados. Noe, que lo sabía, imaginó la inquietud de su amiga.

—Nuri, ¿hay alguna otra cosa que hayas “tomado prestada” y que nos pueda servir? —le dijo.

Nuri rebuscó en sus bolsillos y sacó un pequeño llavero con forma de linterna, apretó un botón y una diminuta bombilla se encendió. El rostro de Nuri se iluminó por el alivio y su boca formó una amplia sonrisa.

—Cortesía de David, el chulito de la clase —dijo, divertida—. Pero no sé si las pilas durarán mucho.

—Hay que desatascar la chimenea —dijo Sora—. Pero yo no pienso meter la mano ahí dentro... ¡Está lleno de porquería!

—Creo que antes he visto una escoba —dijo Noe, buscando con la mirada.

Una vez limpia la chimenea de ramitas, nidos de pájaros abandonados y otras cosas así, hicieron fuego de nuevo. Esta vez, una alegre fogata prendió con facilidad y el humo pasó por el túnel de la chimenea sin problemas.

—¡Solo nos falta algo que comer! —bromeó Noe, pero lo cierto era que tenía mucha hambre.

Nuri sonrió como si fuera un duende travieso y abrió su mochila. De ella sacó un bollo, una palmerita y un phosquito.

—¿De dónde has sacado todo esto, canija? —exclamó Sora, con sorpresa—. Nosotras estamos muertas de hambre ¡¿y tú tienes un puñado de pasteles encima?! Además de ladrona, eres avariciosa... ¿A quién se los has mangado?

—Creo que a Marina no le importará que nos comamos sus pasteles... —dijo Nuri, encogiéndose de hombros—. ¡No me miréis así! Tenía un montón de chuches encima. De verdad, era imposible que se lo comiera todo. Además, se los cogí para que no llevara tanto peso en la cartera. Es malo para la espalda, ¿sabéis?

Algo menos hambrientas tras comer los dulces, las amigas se durmieron en el suelo de la cabaña deshabitada.

***

Los policías, avisados por don Modesto, empezaron a registrar la zona. El sol caía a plomo sobre sus cabezas, pero no les importaba. Tenían que encontrar a tres niñas perdidas en el bosque. Nadie sabía qué había pasado exactamente, pero la deducción más lógica era que las tres niñas, jugando en las lindes del bosque, se habían internado demasiado y no encontraban la salida. Pero tampoco podían descartar la hipótesis de que hubieran tenido un accidente, se hubieran caído a un pozo o hubieran sido atacadas por las fieras del bosque.

Don Modesto intentaba calmar a los padres de las niñas desaparecidas mientras la policía actuaba y la tarde seguía avanzando sin noticias de Nuri, Noe y Sora.

***

Sora se despertó al notar un cosquilleo en la nariz. Cuando abrió los ojos se encontró con que Nuri sostenía un hilo del que colgaba una araña de patas largas que se balanceaba a un palmo por encima de su cara.

Sora gritó provocando un eco en la cabaña. Noe se despertó de golpe y se levantó de un salto, sobresaltada.

—¿Qué pasa? ¿Ocurre algo? ¿Estáis bien? —preguntó, soñolienta.

Sora ni siquiera la oyó. Estaba demasiado ocupada gritándole a Nuri.

—¡Cómo vuelvas a hacer eso, te hago picadillo, canija! —decía.

Nuri la miraba con la sonrisa más inocente del mundo y se echó a reír mientras Sora seguía rumiando entre dientes.

—¿Qué pasa? —preguntó Noe, con cansancio. Le dolía un poquito la espalda por haber dormido en el suelo.

Nuri y Sora seguían peleando.

—Tranqui, tía. ¡Tendrías que haber visto tu cara! —se reía Nuri.

—¡Te lo advierto, canija! —repetía Sora, con la cara cada vez más colorada—. ¡Deja de hacer tonterías si no quieres que... que...! ¡Uf! ¡Me pones frenética!

Rápidamente, Nuri sacó de su mochila la cámara fotográfica de Marina (también tomada prestada) y le echó una foto a la cara enrojecida de Sora, que lanzó un chillido de rabia.

Noe se levantó con presteza y puso orden en la cabaña.

—¡Basta de bromas! Nuri, sal al bosque, enjuaga el cubo y llénalo del agua en el manantial que vimos ayer. Sora, coge el mechero y reaviva el fuego: llevaremos una antorcha para hacer señales si vemos gente de lejos. Yo ordenaré nuestras cosas y cuando estemos limpias y con el fuego listo, nos marcharemos. ¡Venga! ¡A trabajar!

Como obedecen los soldados a su general, así obedecieron Nuri y Sora a Noe: sin protestar.

***

Cuando todo estuvo listo, las tres amigas salieron de la choza y buscaron la salida del bosque. Llevaban un ratito andando cuando empezaron a oír ruidos extraños entre la maleza. Las niñas se apiñaron y comenzaron a mirar en derredor.

Tras los árboles apareció, gruñendo, un oso enorme. El animal se quedó mirándolas estupefacto. Seguramente, nunca se había encontrado a tres niñas en mitad del bosque. Tres niñas de aspecto apetitoso, a juzgar por la boca enorme que abrió, como si no hubiera desayunado en toda la mañana.

Nuri, Noe y Sora dieron un respingo y echaron a correr. El oso, viendo cómo su comida se largaba por piernas, se lanzó tras ellas balanceándose sobre sus enormes patas.

Noe, que era muy valiente, se giró de golpe, moviendo la antorcha ante sí de un lado a otro tan rápido como pudo. El oso detuvo su carrera sorprendido, pero después soltó un gruñido que hizo que Noe casi soltara el palo del susto.

Las tres compañeras siguieron corriendo bajo los árboles, sin saber siquiera hacia dónde se dirigían. El oso ya les pisaba los talones. Casi las podía alcanzar con sus zarpas. Pero a Noe se le ocurrió una idea.

—¡Nuri! —chilló—. ¡Coge la cámara de fotos!

—¡No puedo mientras corro! —gritó la otra, jadeando.

Noe pensó a toda velocidad. No le apetecía nada ser el desayuno de aquel oso. Actuó con rapidez: se plantó de nuevo ante él y volvió a agitar la antorcha.

—¡Sora! ¡Haz tanto ruido como puedas! Así lo confundiremos y Nuri podrá coger la cámara...

Sora llenó sus pulmores de aire y empezó a gritar alrededor del oso mientras Noe lo confundía con el fuego de la antorcha. Entretanto, Nuri sacó la cámara de su mochila. Cuando el animal empezó a recuperarse de la sorpresa, las tres amigas volvieron a correr.


El oso volvía a estar peligrosamente cerca de ellas.

—¡Nuri! —chilló Noe—. ¡Échale fotos!

—¿Quéeeee?

—¡Que le eches fotos! —le chilló Noe, de nuevo.

—Tía, no me parece que sea muy fotogénico. ¡Mira la cara de mala leche que tiene! —exclamó Nuri.

—¡Es para encandilarlo, canija bruta! —le gritó Sora—. ¡Como me coma un oso por tu culpa, lo que te haga él no será nada comparado con lo que te haga yo!

Nuri, esbozando una divertida sonrisa a pesar de la situación, se giró de golpe para encararse con la fiera. Con la cámara ante sí, presionó el botón del flash una y otra vez mientras exclamaba:

—Osito, di ¡patataaa!

El animal, encandilado por la luz del flash, redujo su trote y tropezó. Las tres niñas vieron con alegría la ventaja que le llevaban. A partir de entonces, cada vez que se acercaba demasiado, Nuri le disparaba fotos y así, el animal volvía a reducir la velocidad, atontado por el flash.

—¡Venga, sonríe! ¡Enséñame esos colmillitos tan lindos! —le decía.

De esta forma y transcurridos menos de cinco minutos, Nuri, Noe y Sora descubrieron que el límite del bosque acababa. Llegaron al merendero que habían abandonado la tarde anterior y que, sorprendentemente, estaba lleno de coches policías.



En cuanto al oso... Digamos que el pobre oso escarmentado decidió que un desayuno así no merecía la pena. Debió de pensar que aquellas niñas le causarían una indigestión, porque, cuando nuestras amigas salieron del bosque, se dio media vuelta y se internó de nuevo en la maleza, quizá buscando a Caperucita Roja o a otra niña que fuera más fácil de tragar y, sobre todo, ¡que no echara fotos!



¿Qué os ha parecido el segundo capítulo? Espero que os haya gustado tanto a vosotros como a vuestros peques. La semana que viene os traeré el tercero. Entretanto, felices lecturas.


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