viernes, 3 de marzo de 2017

Montserrat. Cuarta parte (el desenlace)

¡Hola, amigos!

Parece que la maldición se ha roto, ya que ayer, al fin, pude terminar el relato.

He recibido muchas riñas a lo largo de la semana, tanto de amigos del blog, con los que he bromeado sobre la maldición, como de algunos familiares ¡e incluso desconocidos en facebook!

Por lo visto, este relato está gustando bastante, así que espero haber hecho un final digno de él.

Ya sabéis que, si queréis refrescar la memoria, podéis consultar la primera, la segunda y la tercera parte.

Y, sin más preámbulos, os dejo con el desenlace:



MONTSERRAT


Noemí Hernández Muñoz







Habían vuelto a internarse entre los árboles. Ninguno quería permanecer junto al barranco después de lo ocurrido. Tomás quería volver al campamento. Era mejor descansar un par de horas en el interior de una tienda que dormir al raso en mitad de la nada.


Llevaban varios minutos caminando y ninguno de los dos se había atrevido a hablar todavía de lo ocurrido. Era demasiado aterrador como para ser cierto. Pero Ana rompió aquel silencio de pronto:

—¿Crees que de verdad era Marta? —preguntó.

Tomás meditó unos segundos antes de contestar.

—No creo que fuera tu hermana—dijo—. Creo que teníamos tantas ganas de encontrarla que dejamos que la niebla nos confundiera. Es tan densa que puede distorsionar los sonidos y lo que vemos a lo lejos, ¿sabes?

Ana asintió en silencio, no muy convencida.

—¿Y los animales? —preguntó esta vez.

Tomás suspiró con cansancio. Para eso no tenía respuesta, pero debía encontrar una para Ana. Notaba su nerviosismo y su miedo sin necesidad de mirarla. También él estaba asustado. Había visto a Marta claramente, pero al mismo tiempo sabía que no era ella. Sus sentidos debían haberlo engañado. Ana aún esperaba una contestación. Tomás carraspeó y se obligó a hallarla.

—El jabalí estaba asustado —dijo—. Estaría deambulando por ahí buscando comida y, cuando nos oyó, se sobresaltó. Ya sabes cómo son esos animales... Si se asustan tienen dos opciones: huir o atacar. Esta vez decidió atacarnos.

—Ya, pero se abalanzó sobre el precipicio sin hacer ningún ruido, como si se lo hubiera tragado la nada, y te miraba de esa forma... —dijo Ana—. Era como si te odiara, como si quisiera que me dejaras caer...

—No inventes cosas, Ana —le reprochó Tomás—. Sólo era un animal asustado, nada más.

La joven frunció el ceño y se encaró con él.

—¿Y qué excusa tienes para el cuervo? ¿También era un animal asustado?

Tomás agachó la cabeza y adoptó una expresión concentrada. No quería admitir el miedo que le producía todo eso. Ana ya estaba bastante asustada. Si le echaba sus dudas encima, se derrumbaría.

—Estaba desorientado por la bruma —dijo, al cabo—. Debió confundirme con alguna presa o quizá tuviera su nido cerca y estaba protegiéndolo...

—No me lo creo —dijo Ana.

Siguieron andando en silencio un rato más. Tomás consultaba de vez en cuando el mapa. La linterna se había recuperado un poco después de haber permanecido apagada durante un rato, pero sabía que su resplandor no duraría mucho. Lo mejor sería que alcanzaran el campamento lo antes posible.

Sobre sus cabezas, el aleteo de las aves nocturnas se acentuó. El ulular de los búhos y el graznido de los cuervos se fue convirtiendo en una letanía siniestra a medida que los crujidos de las ramas de los árboles a su alrededor se iba acercando a ellos.

Ana se fue pegando poco a poco a él y le dio la mano. Tomás se la apretó con fuerza.

—Siento como si alguien nos estuviera vigilando —le dijo en un susurro.

—Estamos cansados, nena. Es normal que sientas algo así después de todo lo que ha pasado. Si el walkie no funciona cuando lleguemos a la tienda, dormiremos y lo veremos todo mejor cuando amanezca. Avisaremos en la abadía y buscarán a Marta y Lucas. Piensa en eso.

Ana lo miró con una mezcla de enfado y temor en los ojos.

—¡No estoy desvariando! De verdad, siento que alguien nos vigila. Aquí hay algo...

Tomás miró a su alrededor, procurando ocultar su miedo, pero Ana lo conocía bien y se dio cuenta.

—Tú también lo notas, ¿verdad? —adivinó la muchacha—. Es como si alguien no apartara la vista de nosotros, como si nos odiara, como si esperara que diéramos un paso en falso... No sé, como si nos alentara para que sucediera algo malo...

—Aquí no hay nada, nena —le dijo Tomás con dulzura—. Podemos pararnos a descansar un rato, si quieres.

—¡No quiero descansar! —dijo Ana, pateando un árbol con ira—. ¡Quiero largarme de aquí! ¡Quiero que esa cosa deje de mirarnos!

La joven comenzó a golpear el tronco una y otra vez. Primero a puntapiés y después con los puños. Tomás dio un paso hacia ella para tranquilizarla.

—Tranquila, nena. Tranquila —dijo al tiempo que le cogía los brazos para evitar que se hiciera daño—. Respira hondo y cuenta hasta diez.

Ana se resistió al principio, pero después dejó que la suave presión que ejercía Tomás sobre sus brazos la fuera venciendo. Poco a poco, el ataque de ansiedad remitió y siguió sus instrucciones. Cuando se calmó, se abrazó a él y dejó que escapara el llanto.

—Tengo miedo, Tomás. No me gusta esto. Quiero irme...

—Yo también, nena —admitió Tomás, abrazándola con fuerza. Las mejillas y las manos de Ana estaban heladas. Vio que se había magullado los puños al golpear el árbol —. ¿Te duele?

La muchacha negó con la cabeza.

—Sigamos —dijo Tomás—. Si vamos rápido, alcanzaremos el campamento pronto.

—¿Dónde estamos?

Tomás volvió a sacarse el mapa del bolsillo mientras Ana sostenía la linterna, cuya luz se había reducido de forma considerable.

—Estamos aquí —dijo Tomás, señalando un punto— y tenemos que llegar hasta...

No había terminado de hablar cuando un cuervo se abalanzó sobre ellos con las garras por delante, emitiendo un graznido amenazador. Ana gritó sobresaltada y soltó la linterna. Tomás se cubrió la cabeza con los brazos.

El ave fue directa al mapa. Lo apresó con las patas y tiró, como si quisiera arrancárselo de las manos. El joven lo agarró con más fuerza a pesar de la sorpresa.

Cuervo y humanos se enzarzaron en una lucha por la superioridad. Tomás aferraba el mapa y se cubría la cara mientras Ana daba manotazos para espantar al ave, que atacaba una y otra vez, sin tregua.

La batalla se encarnizaba por momentos, puesto que el animal no se limitaba a revolotear, sino que picoteaba y arañaba con las garras. Llegó el momento en que la pareja ya sólo escuchaba el sonido de sus alas y los graznidos.

En un instante, Tomás tiraba del mapa y, en el siguiente, oyó cómo se rasgaba. Luego vio las alas negras del ave batiendo entre la bruma para alejare de ellos. En las patas, el cuervo se llevaba como trofeo una buena parte del papel.

* * *

—Nena, ¿estás bien? —dijo Tomás, preocupado.

—Sí —dijo Ana, agachándose para recuperar la linterna—. ¿Y tú?

Tomás no contestó de inmediato. Miró los desperfectos del mapa y lo arrugó con rabia entre las manos.

—¡Ese hijo de puta! —exclamó—. ¡Se ha llevado la parte que necesitábamos!

Ana intentó calmarlo, pero el joven se revolvió con violencia y apoyó la frente contra el tronco de un árbol.

—Es como si todo estuviera en nuestra contra... Tienes razón, nena. ¡Montserrat nos odia!

Tras él, Ana guardó silencio durante unos instantes. Luego se acerco a él y lo estrechó entre sus brazos con fuerza, apoyando la cabeza contra su espalda.

—Nosotros somos más fuertes, cariño —le dijo—. Podremos conseguirlo. Saldremos de aquí...

Tomás se giró hacia ella, que aflojó su abrazo para que se volviera, y le acarició el cabello. De nuevo, Tomás sintió que la impotencia bajaba por sus mejillas en forma de lágrimas y vio su propio miedo reflejado en los ojos de Ana.

—Saldremos de aquí —repitió ella, pálida, secándole las lágrimas con el dorso de las manos.

Tomás se obligó a sonreír. Tenía que fingir que creía en todo aquello por Ana. Pero lo cierto es que no creía que fueran a llegar muy lejos sin el mapa. Su única esperanza era resistir hasta que amaneciera.

—Saldremos, nena —le contestó.

—¿Te acuerdas de la dirección en la que queda el campamento?

—Sí —afirmó Tomás, esta vez con más seguridad—. Está por ahí.

Sin mediar más palabras echaron a andar agarrados de la mano. De nada servía pensar en aquella locura. Ya no querían saber nada de sus amigos, ni de los animales ni de esa niebla fantasmal que devoraba todo lo que estuviera a más de tres pasos de distancia.

* * *

Al cabo de un rato, la linterna parpadeó. Tomás le dio un golpecito con la mano y la luz dejó de vacilar. Junto a él, Ana suspiró aliviada. De nuevo, aquella sensación opresiva de estar siendo espiados invadía el ambiente. Era como si un millar de ojos los observaran.

Tomás trataba de quitarle importancia al principio. Quería ignorarlo. Pero era difícil sacarse ese pensamiento cuando oías sobre tu cabeza el sonido de los aleteos de las aves nocturnas y su parloteo infinito. Era como si se pasaran información unas a otras, tratando de volverlo loco.

Ana se había rezagado. Llevaba un rato callada. Estaba cansada después de pasar tanto tiempo en vela. Tomás se detenía de vez en cuando para que la joven descansara. Lo hacía cada vez que sentía que la cuerda entre los dos se tensaba.

Tomás miró hacia las copas de los árboles, tratando de encontrar aquellos ojos que los miraban, pero no encontró nada. Tampoco vio ningún atisbo de sol. Era imposible saber la hora. Era como si la noche fuera eterna, como si no fuera a terminar nunca.

Se sentía agotado hasta el extremo. Nunca había estado tan cansado en su vida. No sabía cuánto más podría aguantar así. Le dolían los músculos de las piernas de tanto caminar por aquel terreno y el tobillo le seguía ardiendo. Lo sentía inflamado y cada vez que se detenían le costaba más reanudar la marcha. Seguramente era un esguince. No quería pensar cómo lo tendría cuando llegara el día siguiente.

—Creo que deberíamos detenernos otra vez, nena. Sé que no te gusta la idea, pero...

Tomás no llegó a terminar la frase.

Ana no estaba allí. No la veía por ninguna parte. ¿Dónde estaba? Hacía apenas unos minutos que la había oído suspirar tras él. Desesperado, miró en todas direcciones.

—¡Ana! ¡ANAAA!

Cogió la cuerda que los unía y empezó a tirar de ella hasta que llegó al otro cabo. No había nadie al otro extremo. ¿Cómo había podido soltarse sin que él se diera cuenta?

Recorrió a zancadas los últimos pasos que habían recorrido, ignorando el dolor del tobillo. Era imposible que hubiera ido muy lejos. Hacía un instante estaba a su espalda...

«¡Esto no es real! ¡Esto no es real!», se decía a sí mismo.

—¡ANAAA! —gritó a pleno pulmón—. ¡ANAAA!

La sensación de que estaba siendo observado por un millar de ojos crueles golpeó su nuca. Se giró y miró entre los huecos de los árboles, tratando de hallar la más mínima pista sobre el paradero de la joven.

—¡ANAAA! —gritó hasta hacerse daño en las cuerdas vocales.

Su llamada terminó en un sollozo y cayó de rodillas, impotente.

«¡Esto no es real! Esto no es real...».

—Nena, no te vayas tú también... —murmuró, con la voz enronquecida, cubriéndose la cara con las manos.

Estaba solo. No encontraría a Ana, igual que no había encontrado a Marta ni a Lucas. Las lágrimas siguieron fluyendo mientras aquella mirada opresiva lo cercaba poco a poco, acechándolo desde todos los ángulos posibles.

La luz de la interna parpadeó una vez más y lo devolvió a la realidad. Tomás la miró y la recogió. La había soltado al caer. Pero sabía muy bien que en aque momento, su luz era lo único que mantenía indemne su cordura. Volvió a darle un golpecito para que la luz dejara de vacilar, pero esta vez se apagó del todo.

Alarmado, Tomás repitió el golpe con más fuerza, pero no funcionó. Le dio varios más, pero la luz siguió sin aparecer. En lo alto de los árboles oyó el sonido de los aleteos y los graznidos de las aves, como si celebraran el inminente triunfo de Montserrat. El sonido se fue acercando más y más.

Tomás accionó una y otra vez el interruptor de la linterna, pero no sirvió de nada. Sentía que ahora más que nunca estaba a merced de aquella cosa que acechaba entre la niebla.

Sobre su cabeza, escuchó el batir de unas alas y un aire frío le besó la nuca. Tomás se encogió aún más, ahogando un sollozo de pavor. Frente a él, se posó un cuervo, que lo observó de una forma que lo hizo estremecer. El joven habría jurado que era el mismo que se había llevado el mapa, el mismo que lo había atacado en el barranco.

El ave se aproximó a él con un saltito y Tomás retrocedió asustado.

—¡Qué quieres? ¡Ya no puedo más! —gimió.

El cuervo, indiferente a su dolor, dio un par de saltitos más y, sin dejar de mirarlo con esos ojos inmisericordes tocó con el pico la cuerda, que arrastraba por el suelo, y la empujó hacia él.

Tomás, tan asombrado como asustado, permaneció quieto, sin pronunciar palabra. Había entendido lo que quería.

Como si le leyera el pensamiento, el ave repitió el gesto y volvió a empujar la soga hacia él. Después movió la cabeza en un gesto grácil hacia el árbol más cercano y echó a volar.

Tomás se levantó con los sentidos abotargados, como si estuviera bajo un hechizo y se desató la cuerda de la cintura. Caminó con pasos vacilantes hacia el árbol y comenzó a preparar la horca.

Mientras realizaba el nudo que lo ataría a la muerte, el cuervo se posó en la rama que había elegido para él y vigiló sus movimientos, expectante.

* * *

El joven ya había anudado la cuerda al tronco y la había lanzado por encima de la rama. Sólo necesitaba una piedra en la que subirse antes de pasarse el nudo corredizo en torno al cuello. Divisó una roca del tamaño adecuado y la llevó hasta el punto preciso para que quedara en alineación perfecta con la soga, que se mecía con suavidad, como si lo llamara.

Tomás se subió a la piedra y se ajustó el lazo. Sintió que las lágrimas caían por sus mejillas y sólo pudo pensar en Ana. ¿Estaría ya muerta? ¿Su final habría sido tan agónico como estaba siendo el suyo? Si hubiera hecho caso desde el principio al monje, nada de eso habría pasado. Ninguno de sus amigos se habría perdido. Montserrat no los habría devorado. Ojalá hubiera prestado atención a las lágrimas de la virgen...

«Pero Dios no existe», pensó. «Y el diablo tampoco».

Aquellos pensamientos fueron cobrando fuerza en su mente.

«Dios no existe y el diablo tampoco. Esto no es real. ¡Esto no es real!».

Desde lo alto de la rama, el cuervo graznó, como si le apremiara a dar el último salto. Pero Tomás no lo hizo. Nada de aquello tenía sentido. Nunca había pensado en suicidarse. Era una salida de cobardes. Él se merecía una muerte más digna que esa. Aquel no era él, aquello no era real. Era Montserrat, era aquella maldita montaña.

Se quitó la soga del cuello y la lanzó lejos de sí con repugnancia. El cuervo lanzó un nuevo graznido, esta vez con un sonido amenazante, como si le reprochara aquel acto de rebeldía.

—¡¡¡Esto no es REAL!!! —gritó Tomás, saltando de la roca.

El cuervo se abalanzó sobre él con las garras por delante y Tomás luchó a manotazos. El ave lo atacaba con una saña que iba más allá de lo animal y de lo humano, pero Tomás no se dejó amilanar. Primero luchó con las manos, impidiéndole que le arrancara los ojos. Al poco, se revolcó por el suelo para buscar una rama mientras el ave lo acosaba a picotazos y le enredaba las garras en el pelo.

Al fin, Tomás encontró lo que buscaba entre la bruma y se volvió con brusquedad. El cuervo, desprevenido, no tuvo tiempo de esquivar el golpe y salió disparado hasta perderse entre la niebla. Antes de que volviera al ataque, Tomás se puso en pie y aferró la rama como si fuera un bate, dispuesto a golpear ante el más mínimo movimiento.

Jadeante y sudoroso, aguzó el oído. Sentía la proximidad del peligro en todos los poros de su piel. Venía de todas partes. La montaña entera lo miraba. Era imposible señalar un lugar concreto. Los aleteos se sentían en las copas de los árboles, de unas ramas a otras, moviéndose por encima de su cabeza, la hojarasca del suelo se agitaba con cada brisa y la soga, pendiente del árbol, se mecía incitándolo.

«Tengo que salir de aquí», pensó Tomás. «Si no lo hago, Montserrat conseguirá lo que quiere tarde o temprano...».

Olvidó el campamento. Si quería mantener la cordura, debía pensar en escapar. Sabía que no aguantaría una noche durmiendo allí. Aquel sitio tenía algo maligno que se apoderaba de todo lo que entraba. Y ahora lo reclamaba a él. Nunca había creído en esas cosas. Quizá por eso era el último que quedaba.

A su alrededor, el bosque se llenaba de ruidos y murmullos. Tomás oyó el cuchicheo de las las aves, de los árboles e incluso de la misma brisa. Si aquello no terminaba pronto, se volvería loco.

—¡¡¡NO ES REAL!!! —gritó.

Al instante, el parloteo de la noche enmudeció.

Tomás lo percibió y se sintió un poco más fuerte. Temblando, dio media vuelta y echó a andar. El tobillo, cada vez más hinchado, ya sólo le permitía cojear, pero no por ello aflojó el paso. A su espalda, notaba la mirada de miles de seres que, en el fondo, permanecían a una sola mente.

* * *

Con la rama como bastón de apoyo, Tomás siguió caminando. Se sentía desorientado. Había evitado el barranco por temor a que Montserrat le enviara otro animal que lo desequilibrara mientras cruzaba por el filo. En el fondo, lo que más temía era que la montaña volviera a hechizarlo, que se metiera en su mente y lo obligara a terminar lo que no había hecho con la soga.

No había vuelto a toparse con ningún cuervo, pero no había dejado de sentir la mirada sobre él ni un solo instante. En ocasiones, sentía que la opresión lo abrumaba tanto que acabaría con él. Entonces, se giraba para encarar sus miedos y volvía a gritar.

—¡Esto no es real!

Los ruidos se acallaban momentáneamente hasta que, de nuevo, se reiniciaba el parloteo de los árboles.

Cayó cientos de veces durante el descenso y se levantó otras tantas. En ocasiones se derrumbaba y lloraba mientras continuaba deambulando. Lo único que sabía era que no podía detenerse. Si lo hacía, estaría perdido.

La poca cordura que le quedaba en aquella montaña de demencia le decía que debía ir cuesta abajo, siempre cuesta abajo. Podría no encontrar el camino de vuelta a la abadía, pero, al menos, dejaría Montserrat atrás.

Hubo un momento en el que casi cayó por un pequeño barranco. No lo vio hasta que casi metió el pie en el vacío. La niebla era más traicionera que nunca. Pensó en rodearlo, pero con la bruma a su alrededor era imposible saber dónde acababa.

«Esto no es real. No es real...», se decía. Ese pensamiento lo reconfortaba y lo ayudaba a continuar cada vez que le parecía que todo se volvía más negro a su alrededor.

Aún estaba calibrando qué sería lo mejor cuanto tocó algo con el pie. Su tacto era muy distinto al de una roca. Tomás miró hacia abajo y descubrió una de de las piezas de acero con lasque solía asegurar las vías de escalada. ¡Había llegado hasta el tramo que había recorrido el día anterior!

Sin pensarlo dos veces, tiró la rama que le había servido de apoyo, se agachó y comenzó a descolgarse por la pared rocosa. Sabía muy bien que encontraría pocos salientes y aún menos grietas de apoyo, pero era lo único que le quedaba para saber dónde estaba.

Apenas se había alejado unos metros de la parte superior cuando oyó de nuevo el batir de unas alas. Se aferró a la roca con fuerza y sepultó el rostro en ella, notando el sabor del polvo. Sabía muy bien lo que se avecinaba.

El cuervo intentó hacerlo caer por todos los medios a su alcance. Le picoteó la espalda y la cabeza, tratando de llegar hasta su cara. Tomás apretó los dientes y siguió descendiendo tan rápido como podía. No podía arriesgarse a dar un manotazo por temor a caer. Él lo sabía, el cuervo lo sabía y la montaña también lo sabía.

Pronto se unieron más cuervos, junto con búhos y lechuzas. Le rasgaron la ropa y le arrancaron cabellos. Pero lo peor eran los picotazos en la cabeza y las manos.

Llorando, Tomás descendía impotente. Cometió un par de errores al moverse y estuvo a punto de caer. La albarabía colmó las voces ásperas de las aves, pero Tomás consiguió aferrarse de nuevo a las rocas.

—¡No es real! ¡¡¡No es REAL!!!

Las bestias aladas se alejaron un poco de él sólo para volver a acosarlo instantes después.

Tomás no sabía cuánto había durado el martirio, pero cuando avistó suelo firme, unos metros más abajo, saltó.

Cayó de pie, pero el tobillo herido se resintió y rodó por el suelo. Las aves lo siguieron de inmediato, con graznidos de odio.

El joven se arrastró por el suelo, tratando de encontrar algo que lo ayudara a enfrentarse a ellas. Los pájaros lo rodearon y se lanzaron sobre él. Tomás les tiró piedras y grava, todo cuanto encontraba en el suelo, pero esquivaban sus proyectiles con facilidad.

Se defendió a manotazos, poniendo toda su fuerza en ellos. Alcanzó a algunos, pero la mayoría no se dejaron alcanzar. Al fin, su mano topó con una rama. Con ella en la mano, braceó a su alrededor, asegurando su perímetro y consiguió mantener a las aves a raya.

—¡¡¡Esto no es real!!! Nada de esto es real. ¡Marchaos! —gritó.

Las aves no le obedecieron, pero permanecieron a una prudente distancia, vigilándolo.

Tomás retomó su camino apoyándose en el palo y arrastrando una pierna. El sudor le resbalaba por la cara mezclado con la sangre. Se palpó la cabeza e hizo una mueca cuando sintió que se tocaba una brecha abierta en el cuero cabelludo. Nunca había tenido tantas ganas de detenerse a descansar en su vida, pero sabía que si lo hacía, ya nunca saldría de Montserrat.

Siguió andando. Estaba en el buen camino, lo sabía. Un paso detrás de otro, un pie tras otro. La mirada seguía clavada en su nuca, pero debía ignorarla. Si la ignoraba, si fingía que no existía, escaparía. Sólo un paso detrás de otro. A su espalda no existía nada, sólo existía lo que tenía delante. Sólo existía la abadía.
Con cada nuevo paso, la montaña perdía fuerza. Tomás lo sentía en la sangre. El espacio entre los árboles se iba abriendo más y más. Ya casi podía ver el cielo, aclarándose por momentos. Pronto acabaría la zona boscosa.

—No es real, no es real, no es real...

Escuchar el sonido de su propia voz lo reconfortaba y aquella letanía le insuflaba valor. No dejó de repetirla hasta que divisó, al fin, la abadía de Montserrat a lo lejos, cubierta por una bruma que iba perdiendo espesor, vencida por las luces del alba.

Tomás vio el cielo entre las copas de los árboles y sintió que renacía la esperanza. A su espalda, las aves graznaban y el tirón de la mirada se hizo más potente, como un latigazo.

El joven se esforzó por ignorarla. No podía volver la vista atrás. La llamada era irresistible como un canto de sirenas. Tan pronto prometía la felicidad como amenazaba con la muerte. Tomás se cubrió los oídos con las manos heridas y siguió andando. Su meta era lo único que existía. Nada de eso era real.




¿Qué tal os ha parecido? Espero que el final os haya gustado tanto como el resto.

Y ahora, unos apuntes curiosos sobre este relato:

1) El protagonista, al principio, se llamaba Marcos, pero antes de publicar la primera parte decidí llamarlo Tomás. ¿Por qué? Por el personaje bíblico de Tomás el incrédulo, que dudaba de todo lo que no comprobara con sus propios ojos.

2) La escena en que Tomás mira hacia atrás y no ve a Ana está inspirada en la mitología griega, en concreto, en el mito de Orfeo y Eurídice. Y la escena de las aves picoteando a Tomás es una referencia a las aves estinfálidas, uno de los trabajos de Hércules.

3) Desde el principio quería que se salvara el personaje que menos fe tenía en Dios y en el diablo. Quería que la montaña tuviera poder sobre los creyentes y no sobre los ateos. Por eso, los excursionistas van desapareciendo de más a menos creyentes. Para cuando desaparece Ana, Tomás ya está empezando a creer en la maldición, que va cobrando poder sobre él precisamente por eso. Y, claro, la única forma que tiene de salvarse es restableciendo su falta de fe, es decir, negando lo que le está sucediendo.

Y ahora, una petición:

Mucha gente ha leído este relato, de hecho, cada parte ha recibido más de 300 visitas. Sin embargo, tengo pocos seguidores en el blog y pocos comentarios. Me gustaría pediros un favor a todos los que habéis leído este relato y os ha gustado: ¿tendríais la amabilidad de pulsar el botón azul de seguir? Está arriba a la derecha, al principio de la entrada.

Si lo pulsáis me haréis un gran favor, ya que así podré saber con más seguridad la cantidad de lectores habituales del blog. Y si, además, dedicáis un minuto a escribir un comentario, poniendo vuestra opinión (sólo hay que pulsar en "comentarios" al final de este texto) o dejando sugerencias de lecturas, críticas o lo que sea, me ayudaréis aún más.

La finalidad de un blog es compartir y debatir. Y si no hay debate, esto puede llegar a convertirse en un monólogo aburrido. Ya tengo tres comentaristas habituales que se han ido convirtiendo, poco a poco, en verdaderos amigos con los que aprendo mucho. ¿Os animáis a que seamos amigos?

Y ya, por último (no quiero dar más la chapa) ya sabéis que siempre digo que la cultura hay que compartirla, así que, si queréis, podéis descargar la historia completa en pdf desde aquí.

Eso es todo por, amigos. ¡Que tengáis dulces pesadillas!


8 comentarios:

  1. Hola Noemí
    Aquí va mi opinión sincera:
    Buen relato, con buena ambientación, diálogos creíbles (no de adolescentes "panolis", y eso de llamar "mena" de Tomás, refuerza su papel de tipo sobrado de sí mismo) y gran manejo de la tensión en toda su estructura. Me gusta el papel de los cuervos (parece que te gustó cuando los pusiste en El poder del medallón, je, je), la imagen del cuervo cuando le insinúa a Tomás que se ahorque, me gusta esa letanía final de Tomás como método para substraerse a la maldición y poder llegar a su objetivo… Veo las influencias (y tú misma lo comentas) de la mitología griega en todo tu relato.
    Y me ha gustado mucho tu apéndice de datos curiosos, así como la explicación que das al final. Me parece una gran idea, pues da al lector datos que, de otra manera, se escaparían irremisiblemente. datos y cosas que quedan ahí, en el trasfondo de las historias y que sólo el autor conoce. no está mal que el lector también sea partícipe de ellas. Yo, cuando luego comento mis relatos, también voy explicando algunas de esas cosas, pero no queda mal el hacerlo como tú lo has hecho
    Cosas negativas: algunas partes (no digo todo el relato) quizás se extiendan un poco más de lo que sería deseable, en mi opinión. En este último capítulo, por ejemplo. Sobre todo teniendo en cuenta lo abrupto del final (si, ya sé que el final está al principio del relato), porque quizás aquí no estaría de más una especie de epílogo que enlazase con el principio del relato. Los protagonistas desaparecen y ya está, al final no se sabe lo que la montaña hace "realmente" con ellos, es decir, con su cuerpo físico, muerto o no. Y bueno, nada más, y eso por ponerte algún "pero", ja, ja.
    En todo caso, ya te dije una vez: Se trata de una opinión. Otras personas no tienen por qué pensar igual. En todo caso, el autor es el que tiene la potestad de escribir lo que le da la gana.
    Y ya por último, muchas gracias por la mención puesto que, directamente, ya me siento incluido en ella, ja, ja. Yo, por supuesto, te considero ya como una amiga. Un beso muy grande. Buenas nochesssss

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  2. Hola, Isidoro! Cómo me alegro de que te haya gustado! Pensé en poner el apéndice porque este es uno de los relatos que más éxito ha tenido en el blog, ya que varias personas en Facebook han comentado algunos aspectos y algunos de ellos, como por ejemplo, una de mis tías, no tiene mucha formación y no quería que se perdiera algunas referencias básicas por no conocerlas.
    Con respecto al final, tuve mis dudas sobre si terminarlo de sopetón o conducir a Tomás hasta la puerta de la abadía... Pero al final decidí que concluiría con la panorámica de la abadía a lo lejos y el amanecer, como una imagen esperanzadora dentro de la fatalidad.
    Respecto al resto de personajes, preferí mantener el misterio. La peor tragedia para Tomás es no saber lo que ha pasado con ellos.
    Dentro de unas semanas repasaré el relato, para ver qué puedo recortar o retocar. Al tenerlo tan reciente, me resulta imposible ser todo lo objetivo que puede ser un autor con su obra, ja, ja, ja. Pero me fío mucho de tu opinión. Seguro que hay algunas escenas en las que puedo recortar un poquito.
    Ah, y cómo no os iba a mencionar a Ana, a David y a ti? Sin vosotros, el blog no tendría "vidilla".
    Un abrazote, amigo!

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  3. ¡Hola, guapísima!
    Coincido con Isidoro en lo de que ese apéndice final que has incluido está genial. Si que es verdad que muchas veces a los lectores se nos pasan por alto esas cosas, esas referencias que muchos autores solemos incluir en nuestros escritos y después apenas no son apreciadas, lo de Orfeo y Euridice, ¡totalmente! Jajajaja, y el detalle del nombre del protagonista también me ha gustado. Una de las cosas que más valoro de los autores son los detalles como ese, pequeñas cosas que te hacen ver que un escritor sabe de lo que habla.
    El relato, en todo su conjunto, me ha parecido realmente psicológico, lo que la mente humana puede hacer cuando se encuentra bajo sugestión es increíble, exactamente lo que le ha pasado a Tomas. Me parece bien ese final que le has dado, el de las vistas de la abadía, creo que es un paisaje final perfecto que estropearías alargándolo con la llegada del protagonista a la puerta del templo.
    En fin, un muy buen relato, Noe.
    ¡No me extraña que haya tenido tantas lecturas! Un besote fuerte!!!

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    1. ¡Cómo me alegro de que te haya gustado también a ti, Ana!
      Ya sabes que a mí me encantan las referencias a la mitología griega. Para mí no hay nada más placentero que reconocer una intertextualidad en en una obra literaria. Probablemente por eso tengan tanto éxito las nuevas versiones de los cuentos tradicionales, porque la gente reconoce algo que ya sabe explicado de otra forma. Sé que es muy pueril, pero es que me encanta, ja, ja, ja.
      Y hablando de referencias, creo que olvidé incluir en el apéndice de notas a las aves estinfálidas de los trabajos de Hércules. En esta última parte, cuando atacan en bandada a Tomás, pensaba en ellas. Aunque, claro, el cuervo tenía que tener su lugar prediclecto, ji, ji, ji.
      Dentro de unas semanas revisaré el texto. Creo que Isidoro tiene razón en lo de que hay algunas partes que se extienden demasiado. De hecho, había momentos en los que tenía la sensación de que era demasiado redundante al escribir y, normalmente, cuando tengo esa sensación es porque necesito recortar algunas oraciones. Pero en lo que dices del final, de ver la abadía, estoy de acuerdo. Primero pensé en llevar a Tomás hasta el monasterio, pero tras calibrarlo, decidí que era mejor que sólo lo observara a lo lejos.
      Resumiendo, que me alegro de que te haya gustado.
      Como notaba que este relato estaba gustando bastante en las redes, temía estropear el final, así que vuestros comentarios me han animado muchísimo.
      ¡Un abrazote!

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  4. Hola Noemí! En la revisión del relato ya recortarás lo que sobre. Siempre que se revisa hay que eliminar, al menos, un diez por ciento.
    En general me ha gustado, las escenas de acción las bordas, ya te lo he dicho en alguna ocasión y que no se desvele demasiado la naturaleza del mal me encanta. Le da más sensación de terror, deja más resonancia. Cualquier explicación de su naturaleza hubiera aminorado el efecto.
    Está bien el anexo final, siempre que el autor habla de su obra, un "Así se hizo" se aprecia, aunque siempre he huido de referencias externas a la propia historia. Cada relato debe entenderse por lo que narra, sin necesidad de que el lector tenga más o menos conocimientos.
    Fíjate que la escena de los cuervos a mí me evocó la de LOS PÁJAROS de Hitchcock.
    Como siempre un gustazo leerte y leer los comentarios de Ana e Isidoro, por supuesto.
    Un fuerte abrazo!

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    1. Claro, con perspectiva se hace más fácil recortarle lo que sobra. ¡Vaya si es verdad que se le acaba quitando el 10%! Me ha pasado un montón de veces...
      ¡Qué bien que hayáis comprendido el efecto de no explicar la naturaleza del mal ni lo que pasa con los personajes! Hay gente por facebook que me ha preguntado qué pasa con ellos, que se lo diga, ja, ja, ja.
      Yo también soy de la opinión de que una obra debe entenderse por sí misma. Pero también me gusta poner referencias siempre y cuando no sea un estorbo para la historia en sí misma. No todo el mundo tiene a las espaldas las mismas lecturas. Por eso he pensado que era mejor explicarlo al final, ja, ja, ja.
      ¡Y gracias por lo que dices de las escenas de acción! Será porque me gustan mucho los libros de fantasía y aventuras donde hay muchas escenas de lucha y acción por lo que he ido aprendiendo. En cambio, las de amor y, sobre todo, las eróticas, me cuesta un montón escribirlas... Pero, claro, no tiene por qué dársenos bien todo, ¿no?
      ¡Un abrazote, amigo!

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  5. Hola Noemí! Acabo de terminar tu relato de Montserrat, y me ha gustado mucho el final, ¡trepidante! Angustioso, asfixiante... Personalmente coincido con los demás, en que es mejor dejar oculta la naturaleza del mal que persigue a los protagonistas de esta intensa historia, demasiada información "se carga" del todo la tensión y le roba l esencia que mueve la trama. Yo, como David, me he acordado más de Hitchcock con lo de los pájaros, una escena igualmente intensa y apabullante. Felicidades y bueno, decirte por comentar algo, que aún le puedes dar una vueltecita y apurar la redacción. Busca repeticiones, algunas hay, no muchas, más de cosas que ya has contado que de palabras repetidas eh? Por lo demás, el ritmo es muy bueno y atrapa!
    Un besazo amiga y aquí tienes una lectora más!

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    1. Gracias por leer, Maite! Y gracias también por los consejos. Dentro de dos o tres semanitas le daré un repaso al relato, sobre todo, por esas repeticiones que me habéis mencionado algunos. Yo también lo notaba al leerlo para corregir, pero aún lo tengo demasiado reciente como para terminar de pulirlo.
      Curiosamente, todavía no he visto esa peli de Hitchcock a la que os referís David y tú, pero (palabra de honor!) la veré algún día.
      Un abrazote!

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