sábado, 25 de febrero de 2017

Montserrat. Tercera parte

¡Hola, amigos!


Sé que prometí que la tercera parte sería la definitiva y que os la pasaría el viernes, así que mucho me temo debo pediros disculpas doblemente porque ni la tercera parte va a ser el desenlace (en serio, este relato está maldito y no quiere que lo termine) ni pude publicar ayer.



Antes de poneros la tercera parte, os recuerdo que podéis leer la primera y la segunda, por si queréis refrescar la memoria.



 Y, sin más dilación, os dejo seguir con la lectura:




MONTSERRAT

Noemí Hernández Muñoz




—¡Lucaaas! ¡Lucaaas!

Los gritos de Marta sonaban ante ellos como el ulular de una lechuza, pero la habían perdido de vista. La niebla se había espesado tanto que no podían ver más allá de un metro. Tomás hizo un nudo en torno a la cintura de Ana y se ató al otro extremo. No estaba dispuesto a perder a nadie más.


—¡Rápido o se perderá! —lo apremió Ana con tono desesperado.

Tomás corrió junto a ella, guiándose por los gritos de Marta. Ana se movía con más ligereza que él, esquivando troncos y ramas bajas. Pero Marta era más rápida. Tomás no se imaginaba cómo, ya que no llevaba linterna. Lo lógico habría sido que tropezara con las raíces o que, al menos, su avance fuera más lento. Su voz sonaba cada vez más lejana. Tomás empezó a preguntarse si la muchacha no habría enloquecido. Si Lucas hubiera estado allí, habría caminado hasta ellos siguiendo sus voces. No se habría alejado.

A pesar de sus dudas, siguió adelante. No creía que pudieran alcanzar a Marta, pero Ana jamás se lo perdonaría si no lo intentaban.

Llegó el momento en que ya no escuchaban sus gritos. Tomás se detuvo el primero. Ana se tambaleó cuando la cuerda se tensó entre ellos, impidiéndole continuar.

—¿Por qué te paras? —dijo jadeante—. ¡Hay que seguir o la perderemos!

Tomás clavó la mirada en ella. Ana tenía las mejillas llenas de lágrimas.

—Creo que ya la hemos perdido. ¿No lo oyes?

Ana no dijo nada. Ya lo sabía.

Se miraron unos instantes y Tomás la abrazó. Ana lloró sobre su hombro y él notó que también se le empañaban los ojos.

—Pero tenemos que continuar —dijo Ana en un murmullo entrecortado—. Quizá se haya caído o esté herida. Estará desorientada...

Tomás asintió y la cogió de la mano.

—Buscaremos un rato más. Por fortuna, llevo el mapa en el bolsillo. Si no me lo hubiera guardado encima, ahora mismo estaríamos todos perdidos...

Siguieron avanzando en silencio. De vez en cuando, Ana lo rompía llamando a su hermana cuando le parecía oír un ruido entre los árboles. Nunca contestaba nadie.

Después de un rato, incluso ella perdió el ánimo.

—Volvamos al campamento —le dijo a Tomás—. No vamos a encontrarlos. Quizás ahora funcione el walkie.

Tomás le rodeó los hombros con el brazo y le besó la frente. Sabía lo mucho que le había costado admitir aquello.

Caminaron cabizbajos y en silencio. Ante sí, el haz de la linterna rompía el baile de la niebla, que a medida que avanzaban adoptaba las formas más extrañas. Sobre ellos, el ulular de las aves nocturnas concedía al ambiente un sonido fúnebre.

En un determinado momento, un cuervo se cruzó en su camino en un vuelo bajo sobre sus cabezas. Ana gritó sobresaltada y Tomás se cubrió la cara con el brazo. Los graznidos del ave se fundieron con la niebla como una risa enigmática.

—¿Estás bien? —preguntó Tomás.

Ana asintió y prosiguieron su camino.

Pasaban los minutos y ninguno de los dos decía nada. Tomás estaba agotado y no tenía ánimos para bromear. Ana estaba destrozada. Su única meta era llegar al campamento y pedir auxilio en el mejor de los casos. En el peor, tendrían que esperar a que amaneciera para volver al monasterio.

—Creo que el monje tenía razón —musitó Ana, al cabo—. No deberíamos haber venido.

Tomás se detuvo de golpe. Le cogió la mano y la miró a los ojos. Apenas podía verlos a la escasa luz de su linterna, que rebotaba contra la niebla produciendo un brillo pálido, pero no la necesitaba para percibir el cansancio de su mirada. El tono hueco con que había pronunciado esas palabras le dolió. No podía dejar de sentirse responsable.

—Nadie podía imaginarse que pasaría esto —le respondió.

—Lo sé —le contestó—. Pero ha pasado.

Echaron de nuevo a andar sin intercambiar palabra.

La linterna ya no daba mucho brillo. Apenas era suficiente para ver dónde ponían los pies y la niebla lo engullía todo, como si fuera un monstruo gigante que no conocía la saciedad.

* * *

Tomás no cesaba de preguntarse si la culpa era suya. Ana no se lo había echado en cara, pero él no podía dejar de pensar en las palabras del monje. Parecía absurdo, pero aquella infeliz casualidad lo hacía dudar.

De pronto, Ana se detuvo y miró hacia atrás. Los pensamientos de Tomás se desvanecieron al instante.

—¿Has oído algo?

Ana no le respondió enseguida. Levantó la mano para pedirle silencio y ambos aguzaron el oído.

—Creo que es Marta... —murmuró Ana.

Su voz sonaba llena de vida y Tomás recuperó el ánimo. Inclinó la cabeza y procuró oír, pero sólo percibía los sonidos propios de la montaña.

—Sí, es ella. ¡Está pidiendo auxilio! ¡Vamos!

Ana echó a andar y Tomás la siguió. Abrió un segundo el mapa, para consultar su posición y volvió a plegarlo antes de introducirlo en el bolsillo de su chaqueta.

—¡Martaaa! —gritó la muchacha—. ¡Ya vamos!

Echaron a correr en la dirección en la que Ana había señalado. Al cabo de un rato, la joven se detuvo en seco.

—¿Qué pasa? —preguntó Tomás.

—Ya no oigo nada —dijo ella, cabizbaja—. ¿Crees que...?

Tomás no respondió de inmediato. No quería decirle que lo más probable era que hubiera confundido la voz de su hermana con cualquier otro sonido. A él también le habría gustado que la hubiera escuchado realmente.

—Quizá nos hemos desviado o quizá ella se ha movido. Ya es imposible saberlo. Volvamos al campamento.

Notó que el brillo de los ojos de Ana volvía a apagarse y sintió que el alma se le caía a los pies. Aquello era una pesadilla.

Estaban a punto de darse la vuelta cuando Ana volvió la cabeza al escuchar un sonido. Esta vez, Tomás lo escuchó también.

—¡Mira! ¡Es Marta! —exclamó la joven con alegría—. No se ve bien por la niebla, pero es ella...

Tomás no llegó a verla, pero le pareció oír el sonido de su voz. O cualquier otra cosa. Era imposible saberlo. Venía de muy lejos.

Ana volvió a ponerse en marcha tirando de la cuerda y Tomás la siguió.

—¿Por qué corres? —gritó Ana de pronto, deteniéndose.

Tomás se paró también y la miró, incrédulo.

—Marta sigue corriendo —dijo Ana, enojada—. Parece que huye de nosotros. ¿Qué mosca le ha picado?

Tomás comenzó a dudar sobre su cordura. A él también le había parecido oír algo en un determinado momento, pero podría haber sido cualquier otro sonido. No tenía sentido. Nada de aquello lo tenía. Allí no había nada. No se podía ver con aquella niebla. Era imposible que Ana hubiera visto a su hermana. Incluso los sonidos se confundían en la densidad de aquel manto nebuloso. Todo había sido su imaginación.

Estaba a punto de descartar la posibilidad de que se hubieran cruzado con Marta cuando le pareció ver su silueta entre los árboles, justo hacia donde Ana miraba. La enfocó con la linterna. Se veía borrosa, pero no había duda de que era ella.

—¡Marta! —gritó—. ¿Qué haces?

La joven le respondió, pero sólo alcanzó a oír el nombre de Lucas. Los llamaba por señas con el brazo.

Ana y Tomás intercambiaron una mirada. ¿Habría encontrado a Lucas herido? Sólo eso explicaba que no se reuniera con ellos. Los estaba guiando. Cuando volvieron a mirar, vieron que Marta ya se daba la vuelta y se apresuraron a seguirla. No podían perderla de nuevo. Tomás volvió a echarle un ojo al mapa, pero habían dado tantas vueltas que ya no sabía muy bien dónde estaba. A pesar de todo, el terreno le resultaba muy familiar.

Siguieron a Marta, que se escabullía entre los árboles como un espíritu del bosque. Había momentos en los que casi la alcanzaban y Tomás podía distinguir su melena oscura y despeinada enredándose con la niebla, pero después volvía a alejarse y tenían que apurar el paso.

Al cabo de un tiempo, el espacio entre los árboles se fue ensanchando y empezaron a filtrarse algunos rayos de luna. La luz de la linterna estaba a punto de agotarse, por lo que supuso un respiro. Tomás la apagó para dejarla descansar y siguió apretando el paso tras Ana, que le llevaba la delantera sin perder de vista a su hermana.

Nada más apagar la linterna, Tomás tropezó y arrastró a su novia consigo.
—¡No podemos perderla de nuevo! —dijo Ana, jadeante.

Tomás casi se asustó de su expresión enloquecida, pero le preocupaba más su tobillo. Se lo había torcido al caer. Mientras intentaba levantarse y calibraba si podría seguir corriendo, Ana se desató y llamó a gritos a Marta.

—¡Espera! ¡Ya voy, Marta! ¡Espera un momento!

Ana echó a correr antes de que Tomás pudiera impedírselo. El joven la siguió haciendo muecas de dolor cada vez que tocaba el suelo con el pie derecho. No quería perderla de vista. De nuevo, tenía la sensación de que conocía aquel terreno.

Las ramas cada vez filtraban más luz de luna. Era la señal de que pronto acabaría el bosque y se abriría un camino o... La sensación de familiaridad de Tomás se convirtió en certeza.

—¡Ana! ¡Ana, ten cuidado! —gritó—. ¡Vamos hacia el barranco!

Apenas había pronunciado aquellas palabras cuando oyó un grito.

Tomás corrió más rápido de lo que lo había hecho nunca a pesar de su tobillo inflamado. En sus oídos resonaban las voces de auxilio de Ana. Atravesó la última fila de árboles y vio el barranco, iluminado por la luna. La niebla, que lo cubría por completo, relumbraba con un brillo fantasmagórico.

No veía a Ana por ninguna parte, pero escuchaba sus gritos y sus jadeos esforzados muy cerca. Se aproximó con precaución, mirando hacia el suelo todo el tiempo. Cerca de él, le pareció ver la figura de una mujer de cara al barranco. ¿Era Marta? ¿Por qué no ayudaba a su hermana?

Cuando llegó, la mujer ya no estaba. Era como si se hubiera esfumado. Pero oyó con mucha más precisión los jadeos de Ana.

—¡Ana!

—¡Aquí! ¡Aquí! —gritó ella. Su voz estaba impregnada de miedo.

Entonces, Tomás vio sus manos, que estaban aferradas a un saliente de roca y se acercó a toda prisa.

—Estoy aquí, nena. ¡Aguanta!

Se inclinó hacia ella todo cuanto podía sin caer también y le lanzó la cuerda.
Ana la cogió, ansiosa, y Tomás notó enseguida su peso en la cintura.

—Busca apoyo con los pies, nena.

—¡No hay! —gritó ella, llorando—. Ya no puedo más...

Desesperado, Tomás aferró la soga con todas sus fuerzas y tiró.

—¡Agárrate bien, nena!

Poco a poco, notó que la levantaba. Tenía todos los músculos en tensión y se sentía al borde del agotamiento, pero lo estaba consiguiendo. Después de unos segundos, Ana le quitó parte de la carga al encontrar apoyo con los pies.

—¡Muy bien, nena! ¡Sigue así! Ya casi estás arriba...

Tomás sintió entonces un sonido a su espalda, parecido a un gruñido o a un jadeo. No quería volverse. Su prioridad era Ana, pero el instinto le dijo que estaban en peligro. Al mirar vio un jabalí que le devolvía una mirada de odio casi humana.

Tomás no sabía cómo reaccionar. Si hacía algún movimiento brusco, aquella bestia se le lanzaría encima.

—Ana —murmuró.

La muchacha ya estaba asomando la cabeza y los brazos. Trataba de impulsarse para subir una pierna, pero lo miró al detectar su tono de alarma.

—Ana, no te muevas. Aguanta un poco más...

La joven lo miró primero a él y luego sus ojos se agrandaron al ver lo que pasaba.

—¡Cuidado! —gritó.

Tomás volvió a mirar al jabalí, que corrió hacia él emitiendo unos gruñidos escalofriantes, irguiendo el morro.

El joven se apartó como pudo para no ser alcanzado, pero no pudo evitar soltar la cuerda al caer de costado. Vio cómo el jabalí caía a la profundidad nebulosa desde lo alto del barranco, sin emitir ningún otro sonido.

De pronto, Tomás se dio cuenta de lo que había hecho. Miró hacia el vacío de tinieblas y se echó a llorar. ¿También había perdido a Ana? Entonces, la oyó luchar por permanecer agarrada a la roca y volvió a sentir un fuerte tirón de la cuerda, que todavía llevaba ataca a la cintura.

Se puso en pie como pudo y volvió a jalar con todas sus fuerzas.

—¡Aguanta un poco más, cariño! —dijo, entre lágrimas.

Tiró empleando las fuerzas que le quedaban, haciendo caso omiso a la quemazón de su tobillo.

Mientras lo hacía, sintió a su alrededor el revolotear de unas alas negras y el sonido de unos graznidos llenó sus oídos. Revolvió la cabeza cuando el cuervo se acercó demasiado a su rostro, pero siguió arrastrando la cuerda, incluso cuando el ave le arañó una mejilla.

Al fin, Ana consiguió llegar arriba y se alejó unos metros del precipicio gateando. Luego, se dejó caer boca abajo, jadeando.

Tomás espantó al cuervo a manotazos y el animal se alejó emitiendo un sonido desafinado parecido a una risa estrafalaria.

El joven caminó hasta Ana y se dejó caer de rodillas junto a ella. La abrazó y le besó la frente, apoyando después la mejilla sobre su cabeza. Entonces, la muchacha se dio cuenta de que estaba llorando.

—¿Estás bien, cariño? —le preguntó con dulzura. Ella también tenía lágrimas en las mejillas, pero eran a causa del esfuerzo que había hecho para aferrarse a la roca.

Tomás la apretó con más fuerza.

—Casi te mueres...

Permanecieron así unos minutos más, agarrados el uno al otro como niños asustados, hasta que Tomás se levantó con un gesto de dolor a causa del tobillo y señaló el barranco.

—Vámonos de aquí. No quiero estar cerca de esa cosa.

—¿Y mi hermana? —preguntó Ana.

Tomás desvió la mirada y Ana lo comprendió al instante.


—Este sitio es extraño— dijo tan solo—. Vámonos.



¿Qué os ha parecido? Espero que os siga gustando. Me habría gustado haber podido terminarlo y llegar a la parte de mayor tensión, pero no me ha dado tiempo y he preferido cortar aquí. La semana que viene os dejaré el desenlace y la descarga en pdf, si la maldición me lo permite, ja, ja, ja.


8 comentarios:

  1. Bueno, Noemí, quieres tenernos en ascuas un poco más ehh... Es broma. La verdad es que está siendo la mar de entretenido, con esa persecución frenética por la montaña maldita. La tensión esta muy bien creada y la verdad es que la narración resulta muy coherente, con las apariciones entre la niebla, la caida por el precipicio... Mucho mejor que esas películas de serie B de los ochenta, donde ni los sustos eran creíbles, pero con todo el sabor de aquel cine de terror y persecución de adolescentes demasiado atrevidos y de pocas luces. Me gusta como desarrollas la acción, así que no me importa esperar. Hasta el próximo capítulo. Besos

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    1. Qué le voy a hacer, Isidoro? Este relato está maldito, de verdad, ja, ja, ja. Parece que es imposible terminarlo. No creía que llegara a las 15 y ya lleva más de veinte páginas! Normalmente no suelo equivocarme tanto con la extensión, pero el relato está maldito. Definitivamente! Ja, ja, ja.
      Me alegro de que te siga gustando, amigo.
      Me ha hecho gracia tu referencia al cine de terror de los 80. A mí también me lo recuerda, ja, ja, ja.
      Un abrazote!!!

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  2. ohh una historia de la moreneta, ahora no la veré con los mismos ojos jajaja sigue así, no desaproveches las buenas ideas!

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  3. Espero que te esté gustando, Yaiza, porque el viernes llega la cuarta y última parte, ja, ja, ja. Me está costando terminar el relato, pero, de momento, me gusta como va quedando. Creo que la fotografía de la moreneta le viene al dedo. No soy religiosa. De hecho, soy atea, pero me apetecía hacer un relato sobre las montañas de Montserrat y, claro, la moreneta tenía que aparecer por alguna parte, ja, ja, ja.
    ¡Un abrazote!

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  4. Bueno, la parte que más me ha gustado. Las escenas de acción las resuelves muy bien, eso ya lo percibí al leer tu libro, consigues que sean lógicas y claras, el lector no se pierde. Esta parte me ha gustado especialmente por esa amenaza latente, no mostrada, aunque aparezca por ahí cierto cuervo, que parece que es tu animal fetiche, je,je,je... ¡A ver cómo se resuelve el misterio! Un abrazo!!!

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    1. Sí, todo un fetiche, ja, ja, ja. Creo que desde que leí el poema del cuervo de Poe cuando era adolescente ya veo a ese animal como un símbolo del mal y la muerte... Incluso una vez, mientras escribía, un grajo se posó en mi ventana y me asusté y todo, ja, ja, ja. Sé que no es lo mismo un grajo que un cuervo, pero son primos hermanos...
      Con respecto a las escenas de acción, me ocurre que las veo como una película, incluso con sus diferentes planos. Bueno, en realidad todo lo que escribo lo veo así, sólo que se nota más en este tipo de escenas. Imagino que se debe a que soy de la generación que se crió viendo películas Disney.
      Como siempre, me alegro de que te siga gustando. A ver si termino ya este relato maldito!
      Un abrazote!

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  5. ¡Hola, guapa!
    Te parecerá bonito y todo dejarnos en ascuas de esta manera... Pero bueno... Tratandose de tí se te perdona, jajajaja.
    La historia cada vez se va animando más, esa parte del precipicio me ha encantado, me ha hecho recordar lo impresionantes que son, realmente sobrecogedor de solo imaginar que pedes caerte por ellos. Como a David, también me ha gustado que apareciera un cuervo, jajajajaja, si que es casi como tu marca personal. La verdad es que ese poema de Poe no deja indiferente a nadie, sea leído en la época que sea, y ese animal siempre estará unido a él de alguna manera. Comodato curioso, ¿sabes que en el primer pájaro que pensó cuando empezó a escribir el poema fué en un loro? Claro que, dado el ambiente meláncolico de sus versos, ese animal no encajaba muy bien en su escenario, el cuervo es, simplemente, perfecto.
    ¡En fin, seguiré esperando el desenlace! Muchos ánimos con él, sé por experiencia propia que cuando algo se atasca...
    ¡Un besazo, amiga!

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    1. ¡Cuántas riñas estoy recibiendo! Ja, ja, ja. Pero me las merezco. A lo mejor ayudan para romper la maldición de Montserrat. Sí, parece que el cuervo es mi marca. Simplemente, me encantan y les tengo respeto al mismo tiempo. Sí, sabía lo del poema de Poe. Al final, leí la filosofía de la composición de Poe y me sorprendió que pensara en un loro. Desde luego, o pegaba para nada con esos colores tan chillones en un poema como ese...
      ¡Un abrazote, preciosa!

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