viernes, 10 de febrero de 2017

Montserrat. Primera parte

¡Hola, amigos!

Esta semana casi me pilla el toro otra vez... Estoy trabajando en el relato largo que os presento hoy. ¡Parece que está maldito! Hace uno año o dos lo escribí y lo perdí. En su origen, lo había escrito para un certamen de Cuentamontes, en el que había que escribir sobre algún tema relacionado con el senderismo o la escalada. No gané nada, por supuesto. Lo cierto es que al relato original le faltaba fuerza porque estaba demasiado comprimido. Pero ahora llevo unos meses trabajando en él (¡sí, meses!) y cada vez que lo retomo, me ocurre algo. ¡Parece que no quiere que lo escriba! Así que, para obligarme a terminarlo, me he propuesto colgar lo que llevo escrito hasta hoy y el próximo viernes ponerle punto y final.

Sin más dilación, os dejo con este relato de terror:


MONTSERRAT
Noemí Hernández Muñoz






La llamada oscura se hizo más fuerte cuando Tomás atisbó a lo lejos la abadía. Aceleró el paso tratando de ignorar el impulso de girarse cada vez que sentía aquella mirada clavada en la nuca. Sabía que si lo hacía no podría resistir la tentación de adentrarse de nuevo en la maleza hasta que todo su ser desapareciera por completo.

Agotado hasta el extremo, siguió caminando. Un pie detrás de otro, una y otra vez, sin girarse, mirando al frente y haciendo caso omiso de los ruidos extraños y de las ramas que se aferraban a su ropa. Debía ignorar la mirada.


Con las primeras luces del alba llegó a las puertas del monasterio. Las aporreó con la fuerza que le quedaba, dejando las marcas de sus manos heridas. A punto de desplomarse, se apoyó en ellas y oyó en el interior del edificio las pisadas de un monje. Le dio la sensación de que el viento arrastraba de nuevo aquella llamada y cerró los ojos, temblando, tratando de sacarla de sus pensamientos. No aguantaría mucho más.

La puerta se abrió y apareció un monje barbudo. En su rostro se encendió una chispa de reconocimiento, pero Tomás no se dio cuenta. Se había desmayado nada más abrirse el umbral. El monje lo recogió antes de que cayera y llamó a gritos a los demás hermanos de la abadía.

Antes de volver con el herido, el monje miró hacia la montaña.
A él no te lo llevarás —le dijo al silencio, cerrando la puerta mientras las bisagras gemían bajo su peso.

* * *

Tomás se despertó y miró a su alrededor. Estaba tumbado en un lecho improvisado con mantas junto al altar de una capilla. El olor a varillas de sándalo invadía el ambiente. Su mirada se encontró con los ojos tristes de La Moreneta, la virgen de Montserrat. Por las mejillas de la escultura se deslizaban un par de lágrimas. Tomás recordó la primera vez que la había visto llorar. Él había ignorado aquel presagio y, como consecuencia, sus amigos estaban ahora perdidos o, probablemente, muertos. Se echó a llorar.

Perdóname, Moreneta —murmuró—. Fue culpa mía…

La virgen no le respondió. De sus ojos siguieron cayendo lágrimas, como si compartiera su dolor.

Te perdona, muchacho.

Tomás se sobresaltó. Tenía la impresión no haber escuchado una voz humana en siglos. Pero sólo habían sido unos días. Era el monje que lo había rescatado de Montserrat. También había sido él quien lo había advertido sobre la montaña.

Cuéntame lo que viste —le pidió el monje.

Tomás lo veía borroso a través de las lágrimas. ¿Había palabras para explicar lo que había vivido?

El monje estudiaba su expresión con una mirada serena en la que aún quedaban rastros de un antiguo pesar. ¿Él también lo habría visto? Tomás supo que aquel hombre era, probablemente, la única persona que podría entender aquella pesadilla. Por eso empezó a hablar.

* * *

Tomás aparcó la furgoneta junto al monasterio. Situado a los pies de la montaña, era el lugar más cercano hasta el que podían llegar conduciendo. Pidió ayuda a Lucas y a las chicas para sacar las mochilas con provisiones, cuerdas y otras herramientas para un fin de semana de senderismo y acampada en Montserrat, una montaña misteriosa sobre la que circulaban todo tipo de leyendas.

Nada más bajar del vehículo, Marta y Lucas ahogaron una exclamación de asombro. No era para menos. La abadía de Montserrat se veía imponente con las luces del alba.

¡Qué bonita es! —dijo Marta con admiración—. ¿De verdad no podemos entrar un momento? Hemos venido muy temprano...

Lucas cogió la mano de la joven y miró hacia la abadía con tanto anhelo como ella. Ana, la hermana de Marta, se volvió hacia Tomás poniendo los ojos en blanco. «¡Vaya par de mojigatos!» decía aquel gesto. Tomás le devolvió una sonrisa torcida y se acercó a ella.

Tenemos que salir ya —dijo con un tono enérgico a los otros—. Según tengo entendido, la niebla suele expandirse al caer la tarde, así que hay que aprovechar la luz al máximo.

Vamos, Tomás —le contestó Lucas con un tono entre irritado e infantil—. Sólo será un momento.

Sí —añadió enseguida Marta—. ¡Yo quiero ver a La Moreneta!

Tomás volvió a mirar a Ana, que se encogió de hombros resignada y lo ayudó a guardar las mochilas.

Sólo será un momento, cariño —le dijo con tono conciliador—. Ya sabes que mi hermana se ha vuelto una beata desde que está con Lucas...

Espero que no le dure mucho este novio —bromeó Tomás con voz tensa—. Últimamente no hay quien los aguante y no pienso visitar más iglesias por ellos. Ésta será la última que pise.

Ana se rio y le dio un beso en la mejilla. Sabía la antipatía que le producían los lugares religiosos. A ella la aburrían, pero Tomás los aborrecía por completo. Solía decir que eran las escuelas donde los ricachones amaestraban a los borregos.

Con un suspiro hastiado, Ana y Tomás entraron en la abadía tras los otros dos. Dentro los recibió un monje de barba grisácea y mirada apacible. Se ofreció a guiarlos durante la visita, ya que Tomás había mostrado cierta impaciencia nada más poner los pies allí.

—No se preocupen, jóvenes. Les enseñaré lo más importante —dijo el monje.

Los amigos lo siguieron mientras les señalaba a un lado u otro y les hablaba de las reliquias más antiguas. Tomás se aburría soberanamente, pero no puso pegas. Se limitó a observarlo todo con un aire de disgusto contenido.

El religioso terminó la visita ante la talla de una virgen, probablemente la escultura más importante que poseían. A Tomás le llamó la atención su color negro, pero exceptuando ese detalle, le pareció tan insulsa como todo lo demás.
—¡La Moreneta! —dijo Marta en un murmullo excitado.

Ana observó la imagen con interés. No le gustaba la Iglesia en sí y tampoco tenía una fe especial en Dios, pero había estudiado historia del arte y apreciaba la belleza. A Tomás, en cambio, aquella cosa le pareció espantosamente fea.

Vio que Lucas se acercaba a La Moreneta y rozaba con los dedos la base de madera con reverencia. El monje contemplaba su devoción con una sonrisa de simpatía, pero Tomás no pudo contener una mueca asqueada.

—Bueno, ¿nos vamos o qué? —dijo.

Ana ya se estaba dando la vuelta con él cuando Lucas dejó escapar una exclamación ahogada.

Tomás se giró de inmediato y vio que su amigo se había apartado unos pasos de la talla y la observaba con expresión sorprendida, casi asustada.
—¡La virgen está llorando! —dijo, señalándola.

Tomás frunció los labios con disgusto y miró a Ana, que volvía a poner los ojos en blanco. Junto a ellos, Marta se había acercado a su novio y se había apretado contra él mientras el monje, con aspecto preocupado, inspeccionaba las lágrimas de la escultura.

—Habrá sido tu imaginación, Lucas. Deberías dejar de ser tan supersticioso —dijo Tomás.

El monje se volvió hacia él con expresión seria y algo pálida, como si hubiera visto algo terrible.

—Las lágrimas son de verdad —dijo.

Tomás no disimuló un gesto escéptico.

—¿Seguro que no hay algún defecto? —inquirió Ana—. Quizá se haya metido algo de humedad en la madera y por eso...

Lucas y Marta se giraron hacia ella casi al unísono.

—¿No ves que es un milagro? —dijo Lucas con tono ofendido.

—Sí, uno de verdad —añadió Marta—. Ha empezado a llorar justo cuando Lucas ha tocado el pedestal. ¡Lo he visto!

Ana miró a Tomás, como si dudara. El joven frunció el ceño y bufó por lo bajo.

—¡Chorradas! —sentenció—. Me largo antes de que se me pegue vuestra mojigatería... Os espero fuera.

Sin más dilación, echó a andar hacia la puerta mientras los otros tres se acercaban a la figura para contemplarla mejor. No se había alejado más de unos pasos del altar cuando el monje le habló:

—Vais a la montaña— le dijo.

Aquello no era una pregunta. Tomás se volvió.

—Sí. Y vamos con retraso porque nos hemos parado a ver el monasterio —respondió Tomás, con tono hosco.

—No es buena idea —dijo el monje. Su expresión volvía a ser tranquila, pero su mirada guardaba una advertencia.

—¿Por qué? —dijo Tomás, con aire retador.

Notó que Ana lo miraba con reproche, pero la ignoró. De repente, se sentía harto de todo aquello. Los últimos fines de semana habían mandado ellos. Hacía unos meses habían visitado un montón de iglesias durante el camino de Santiago que habían propuesto Marta y Lucas e incluso una vez lo habían arrastrado a misa... Y las dos últimas semanas habían seguido los planes de Ana. Ahora era su turno y nadie le iba a chafar la acampada. Estaba decidido a mandar a la mierda a aquel fraile estúpido, pero su respuesta lo dejó sin palabras durante unos segundos.

—Porque la virgen siempre llora por aquellos que se pierden en Montserrat.

Tomás intercambió una mirada sorprendida con su novia mientras Lucas y Marta se acurrucaban el uno contra el otro y miraban al monje, que los observaba a todos con tristeza.

—No deberíais ir —completó el anciano.

Tomás se recuperó de la sorpresa y frunció el ceño.

—Cariño... —susurró Ana, que percibió su enfado.

Pero Tomás no le hizo caso.

—Eso son tonterías. Sólo son un atajo de supersticiones con las que se mantiene a la gente bajo control. A mí nadie me dice lo que puedo o no hacer. —Se giró hacia los demás—. Venga, nos vamos.

El monje no dijo nada. Sólo asintió lentamente con la cabeza. Lucas y Marta cruzaron las miradas y volvieron a mirar la imagen de la virgen. Sus lágrimas parecían ahora más abundantes en las mejillas negras y caían sobre la cabeza del niño Jesús que sostenía en el regazo.

—¿Estás seguro, Tomás? —preguntó Lucas—. Yo creo que deberíamos suspender la excursión. Quizá...

Tomás volvió la cabeza y lo taladró con la mirada.

—¿De verdad quieres quedarte aquí? ¿Eres tan tonto?

Lucas desvió la mirada hacia el suelo, avergonzado, y siguió caminando tras él no sin antes echar una última mirada hacia atrás para ver la figura, que seguía llorando en silencio.

Tomás, en cambio, siguió caminando con decisión. Ni siquiera se disculpó con el monje, que los siguió hasta la puerta y les deseó un buen día con voz apesadumbrada.

Los amigos volvieron a coger las mochilas del coche bajo su atenta mirada. No dejó de observarlos hasta que se adentraron en la primera fila de árboles y los perdió de vista. Sólo entonces volvió los ojos al cielo.

—Protégelos —susurró desde la puerta de la abadía.

* * *

Apenas pusieron un pie en la montaña, Lucas comenzó a quejarse.

—Esto me da mal rollo, chicos... En serio. La virgen estaba llorando de verdad. ¿Recordáis que antes de llegar al monasterio dijisteis que hay leyendas sobre gente que se ha perdido en este lugar? No me gusta nada...

—¡Cállate! Si te crees lo que dice un viejo chiflado es porque eres más idiota de lo que pareces —le respondió Tomás, gesticulando con las manos con violencia —. La gente que se pierde no lleva mapas. Si no te gusta el senderismo, lárgate. No te hemos traído a punta de pistola...

Lucas se detuvo y lo miró con el ceño fruncido, conteniendo una réplica. Marta le dio la mano para consolarlo y miró a Tomás con reproche.

—No hace falta que te pases —le dijo.

Ana lo miró de la misma forma. Tomás siguió andando. No pensaba disculparse con ese cretino. Sólo lo aguantaba porque era el cuñado de Ana. Pero no iba a rebajarse a pedirle perdón.

Al poco, los demás se dieron cuenta de que no lo iba a hacer y echaron también a andar. Lucas era un quejica insufrible y Tomás no estaba en su mejor día. Era preferible caminar y dejar que la tensión se fuera enfriando por sí sola.
Pasaron un par de horas y ninguno había pronunciado palabra aún. Tomás ya comenzaba a sentirse culpable por su actitud y se acercó a Ana.

—Estoy convirtiendo la excursión en un fiasco —dijo.

Ana le sonrió y agitó la cabeza.

—No te preocupes. Yo ya estoy cansada de los histerismos de Lucas y creo que Marta también. Ni siquiera se ha acercado a él. —Lo miró a la cara—. A mí también me impresionó un poco ver llorar a la escultura, pero en realidad no creo que fueran lágrimas. No es más que la humedad, que ha calado en la madera...

Tomás asintió, dándole la razón.

—Aun así, creo que es mejor que vaya a hablar con Lucas y tu hermana—le dijo—. He metido la pata al burlarme de sus creencias.

Ana sonrió de nuevo y le cogió la mano.

—Aprovecha ahora. Falta poco para detenernos a comer.

Tomás se detuvo para esperar a los otros. Dejó pasar a Marta, que ni siquiera lo miró, y siguió esperando a Lucas, que iba rezagado y cabizbajo. Aquella era su primera acampada, así que no resultaba extraño. No estaba acostumbrado a caminar tanto ni a llevar peso a la espalda.

Cuando llegó hasta él, comenzó a hablarle.

—Sé que antes me he pasado un poco, Lucas... —comenzó—. Pero no me gusta que la gente trate de imponerme su fe. Entiendo que...

Lucas pasó junto a él como si no lo hubiera oído y Tomás sintió que su ira renacía. Respiró hondo para serenarse y caminó unos pasos tras él para volver a intentarlo.

—Estoy intentando disculparme...

Lucas continuó la marcha sin responderle y Tomás, ya enojado del todo, lo cogió por el hombro para obligarlo a darle la cara.

—¡Oye, te estoy hablando!

Lucas no puso resistencia alguna y se tambaleó por la violencia con que lo había cogido, hasta el punto de que Tomás lo tuvo que sujetar para ayudarlo a mantener el equilibrio.

Las chicas se volvieron hacia ellos al oírlo, pensando que había pelea. Pero entonces Tomás se dio cuenta de que Lucas no tenía expresión en la cara. Su mirada parecía ausente, como si estuviera perdida en otro mundo.

—¿Lucas? —dijo Tomás, dubitativo.

El joven no contestó, ni siquiera dio muestras de haberlo oído. Permaneció de pie ante él, como si fuera una estatua, con los brazos relajados junto al tronco y sin dar más señales de vida que su respiración.

—¡Lucas! ¡Lucas! —Tomás chasqueó los dedos ante él, pero el muchacho no parpadeó. Lo que había comenzado como una duda desembocó en miedo. Tomás le dio un par cachetes en la mejilla esperando que reaccionara—. ¡Lucas! ¡Despierta, Lucas!

Ana y Marta bajaron corriendo por el sendero con expresión alarmada.
—¿Qué le pasa?—preguntó Ana mientras su hermana cogía de las manos a su novio y lo llamaba con la voz llena de espanto.

—No lo sé —contestó Tomás—. Me estaba disculpando con él y no me respondía. Parece como si estuviera en shock...

—¿Podría haberle picado algún animal? —preguntó Ana.

Tomás se encogió de hombros, impotente.

A su lado, Marta gritaba el nombre de Lucas y lo abofeteaba.

—Cariño, deja ya la broma —decía—. ¡Nos estás asustando! ¡Lucaaas!

Tomás apartó a la joven. Notaba que su histerismo iba en aumento y como veterano en acampadas sabía que era contraproducente. Ocupó el lugar de Marta frente a Lucas y le tocó la frente. No parecía que tuviera fiebre. Eso era bueno.

Sacó su cantimplora y se la vació en la cabeza. En esta ocasión, Lucas parpadeó. Tomás no dejó escapar la oportunidad y lo sacudió por los hombros con energía mientras lo llamaba a voces.

Poco a poco, el joven comenzó a reaccionar. Parpadeó varias veces y sacudió la cabeza entre suspiros, como si estuviera despertando de un sueño. Sus ojos se fueron llenando de calidez al tiempo que su cara cobraba expresión.
—¿Qué?... ¿Qué pasa, chicos?... —dijo, al cabo de unos minutos, mientras trataba de mantener el equilibrio entre sacudida y sacudida.

Tomás lo sujetó por los hombros con firmeza para ayudarlo. A su lado, Marta y Ana dejaron escapar exclamaciones de alivio.

—Lucas, mírame —decía Tomás—. ¿Cómo te sientes? ¿Sabes dónde estamos? ¿Sabes que día es hoy?

Lucas miró a su amigo a los ojos con extrañeza.

—Estoy bien —dijo, al cabo de un instante—. Estamos... ¿de excursión?
Lucas miró a su alrededor, como si quisiera encontrar a alguien entre la maleza. Tomás pensó que se había desorientado.

—Sí, chico. No te preocupes si te sientes un poco extraño. Es normal. Andabas como un sonámbulo... ¿Sabes si te ha picado algún bicho? ¿Te pica o te duele algún sitio? ¿Doy un aviso por el walkie talkie?

Lucas siguió mirando a su alrededor, ignorando a las chicas. Marta había vuelto a cogerle las manos y Ana le quitaba la mochila y desliaba un saco de dormir para echárselo por los hombros.

—Estoy bien... —repitió Lucas—. Sólo me he distraído un poco. Me pareció oír algo y... Da igual.

Tomás lo miró preocupado, como si no acabara de creerse lo que decía.
—¿Seguro que estás bien? Podemos darnos la vuelta y volver a la abadía. Desde allí podemos llamar a un médico.

Lucas negó con la cabeza.

—No, estoy bien. No me pasa nada. Quiero seguir con la excursión.

—De todas formas, es conveniente descansar un poco—observó Ana—. Podemos comernos los bocadillos ahora y, si Lucas sigue sintiéndose mal, desandamos el camino.


Tomás asintió y extendió una manta por el suelo para que pudieran sentarse mientras Ana buscaba las provisiones. Marta se quedó junto a Lucas, atenta al menor cambio en su estado.



Espero que os esté gustando este relato. He preferido cortar aquí para que os quedéis con la intriga, aunque soy consciente de que el comienzo os da demasiadas pistas. Pero también es verdad que lo importante no es el destino, sino el viaje, ¿no?

Está inspirado en Montserrat (Barcelona), donde hay un monasterio prácticamente incrustado en una montaña y donde tienen una de las denominadas "vírgenes negras", que son unas tallas sacras cuya madera se vuelve negra con el paso de los años. Sobre la montaña en sí vi una vez un programa de Milenio 3 en el que comentaban muchas leyendas negras sobre la zona y se me ocurrió escribir este relato.

Bueno, esto es todo por hoy. Os dejo algunos enlaces por si os apetece curiosear. El pdf lo colgaré en la segunda parte del relato que, como os he dicho, añadiré el próximo viernes. Hasta entonces, ¡que tengáis dulces pesadillas con Montserrat!


7 comentarios:

  1. Hola Noemí
    Efectivamente, el principio nos da muchas pistas de lo que va a ocurrir en la montaña, pero también es cierto que se trata de un recurso muy usado en el género, pues da la sensación de que todo lo malo ha ocurrido ya (todos sabemos lo que va a pasar en el bosque, je, jeeeee), cuando, en realidad, el final siempre nos depara alguna sorpresa.
    Me parece un relato con un ritmo muy bien llevado, diálogos ágiles y creíbles y suspense adecuado que tira de nosotros hacia la lectura. Una vez que comienzas, ya no puedes parar, y eso es lo que importa.
    Me llama la atención el detalle de los walkies. Efectivamente, un celular, teléfono móvil, smartphone o como queramos llamarlo, puede que no sea muy útil en lugares como esos, donde la cobertura para esos aparatos es ta nula que los hace inútiles. En cambio, los walkies de toda la vida, seguirán emitiendo su señal. Es un detalle que dice mucho de lo cuidado de la ambientación (o eres aficionada al senderismo o sabes de lo que hablas) Por otra parte, contribuye a esa ambientación la elección del lugar. Montserrat me parece un sitio perfecto para tu relato. Veamos las sorpresas que nos depara el siguiente capítulo de tu interesante relato, compañera
    Aquí nos vemos
    Muchos besos

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    1. ¡Hola, Isidoro! Como dices, es evidente cuál va a ser el final del relato. Me apetecía hacerlo in extrema res para valorar mejor la evolución del personaje principal. Por otra parte, aunque en la actualidad el lector valora mucho los finales sorprendentes o inesperados, en esta ocasión he pensado que lo importante era el viaje y no el destino, por decirlo así.
      Curiosamente, en muy pocas ocasiones en mi vida he hecho senderismo, ja, ja, ja. Y nunca he acampado. Una vez, mi familia entera planeó acampar en la playa por San Juan, pero sufrí una lipotimia y me desmayé, así que me perdí la única ocasión en la vida en que podría haberlo hecho, ja, ja, ja. En montaña no he acampado nunca.
      Pero pienso como tú: hay que darle realismo al relato, a pesar de que sea de terror y las licencias poéticas me permitan añadir detalles sobrenaturales. Por eso puse lo del walkie. Además, como lo envié a un certamen de la asociación Cuentamontes (de alpinismo, senderismo y esas cosas), tenía que parecer realista. Creo que en el relato original incluso añadí pies de gato y todo, ja, ja, ja. Y a lo mejor en la segunda parte los incluyo de nuevo.
      Con respecto a la elección del paraje de Montserrat, no he estado nunca, pero después de ver una historieta de Milenio 3, tuve la idea de este relato.
      ¡Un abrazote, amigo!

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  2. La morfología de su aspecto, esas rocas curvadas, casi diseñadas con cincel, desde luego impresionan. Cuando paso por allí con el coche, la verdad es que es muy difícil concentrarte en la carretera. Me parece que estuve en dos ocasiones. El acceso en funicular es espectacular... si bien, el toque turista de los aledaños de la abadía mata cualquier sentido mágico al llegar, en fin. Quizá habría que perderse como el grupo protagonista. Veo bien, el inicio. En este tipo de historias que siguen el clásico: Grupo normal que se adentra en un lugar extraño donde le espera una amenaza que se llevará por delante a unos cuantos, pues eso, al iniciarlo así dejas claro que lo importante es lo que les suceda, no tendría sentido intentar un suspense que ralentizaría la acción. ¡Esperemos cómo se concreta la amenaza y qué les sucedió! Un abrazo!

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    1. El paisaje me llamó mucho la atención cuando lo vi en la tele, hace ya unos dos años o así. Ojalá lo hubiera visto en vivo y en directo, ya que creo que así habría podido escribir un relato con más propiedad, por decirlo así.
      Y sí, como dices, es la historia clásica: un grupo de personas normales se adentran en un lugar extraño en el que les suceden cosas misteriosas. Me gustan esas historias. Sé que mucha gente espera que todo lo que leen o ven en una película les sorprenda, pero pienso que las historias no siempre requieren sorpresas inesperadas.
      Un abrazo, amigo!

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  3. Ojala yo tuviera tanta imaginación y algo más de tiempo para escribir, por poco que fuera. Soy muy fan jajajaja

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    1. Muchas gracias, Paula. Me alegro de que te haya gustado. Seguro que en cuanto tengas tiempo se te ocurren mil ideas. Es cuestión de dejar que la imaginación vuele y anotar las ideas que se te ocurran para, más adelante, repasarlas mentalmente hasta crear una historia. Con todo lo que lees, al final te influirán todas las lecturas que haces.
      Un abrazote!

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  4. Hola Noemí, pues aquí estoy, leyéndote y disfrutando de esta intensa historia. Me está gustando, y siento una enorme curiosidad por ver cómo lo resuelves, así que te dejo que me voy a seguir leyendooooo
    Gracias amiga!

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